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Hombres universales

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08.03.2026

La República Islámica de Irán, hoy en gravísimo peligro de supervivencia, ha estado gobernada desde la revolución de Jomeini en 1979 por una élite de ... eruditos tanto en escrituras sagradas como en derecho, filosofía y moral. Son los ayatolas figuras equivalentes, poco más o menos, a lo que en la Europa premoderna representaron los teólogos. Y no obstante que aquí nunca hubo una total hibridación del poder político con el espiritual como en las teocracias orientales, afortunadamente, los 'doctores iluminados' gozaron durante siglos de presencia e influencia a todos los niveles.

Fue conocido el País Vasco como cantera de muchos y de muy notables teólogos (en la voz correspondiente de la Enciclopedia Auñamendi se menciona casi un centenar seleccionados entre los más destacados). Su ámbito sapiencial en teoría se circunscribía a las materias religiosas, pero a efectos prácticos funcionaban como consultores polivalentes que igual adoctrinaban en misterios de tejas arriba, que juzgaban y sentenciaban sobre lo que acontecía de tejas abajo.

Los condes de Peñaflorida y Narros publicaron a mediados del XVIII un mordaz panfleto titulado 'Los aldeanos críticos' donde, sin paños calientes, embisten contra la ilimitada autoridad de los metafísicos: «Ya sabe vuestra merced que esto de teólogo en España es lo mismo que hombre universal... No ignora usted que están acostumbrados a que se les consulte no solo en punto de religión y conciencia, sino en todo género de cosas».

Es más que probable que el libelo de los 'caballeritos' azkoitiarras apuntara sutilmente contra el jesuita Manuel de Larramendi, del que se decía «está acostumbrado a hacer y amasar en Guipúzcoa cuanto quiere y cuanto sueña», pues era fama que conciliaba matrimonios mal avenidos, mediaba en conflictos de vecindario, daba consejos a los ferrones para mejorar la producción de anclas y ejercía como jurisconsulto ante los tribunales, imponiendo casi siempre sus criterios. Y con el mismo desparpajo con que dictaba las decisiones del ayuntamiento de Hernani, asesoraba a la Corte de Madrid o actuaba como albacea en la administración de unos caudales. «¿Quién le manda a este teólogo meterse en mies ajena?», se murmuraba entre sus contemporáneos.

Borges definió la teología como una rama de la literatura fantástica. Sin embargo, nada han tenido de imaginario los manejos interesados de ayatolas, rabinos, popes y teólogos arrogantemente empoderados desde la inatacable presunción de que por su boca «solo habla la Verdad».

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