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A los bolivianos nos une el espanto antes que la heroicidad

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tuesday

La prepotencia política atiza la ingobernabilidad, la crispación social y problematiza al máximo las mínimas transformaciones posibles sobre la calidad institucional y la convivencia entre ciudadanos; ubica en el lindero una posible reducción de la corrupción y, por último, alimenta la polarización, muy propia de estos tiempos, a causa de las plataformas digitales diseñadas para el odio.

Lo que nos pasa ya no es que no sepamos lo que nos sucede como sociedad, sino que, aun sabiéndolo, dinamitamos las posibles soluciones en un campo de batalla donde todos perdemos. Ahora las victorias son derrotas consensuadas: mientras tú pierdas, no tengo problema alguno en que yo también pierda.

El cenicero está tan colmado de cenizas y colillas de cigarros que los puntos de partida para un nuevo amago de conversación se esfumaron. Ya nadie quiere sorber de la taza ese café frío y amargo. Los cuerpos están recostados con fuerza en los respaldos de las sillas y una mirada lacónica es la que prima entre ambos interlocutores. La conversación está rota.

A los bolivianos, como diría el gran Jorge Luis Borges, no nos une el amor ni la heroicidad, sino más bien el espanto. El miedo disfrazado de odio. Nos miramos a sabiendas de que no queremos mirarnos. Nos abrazamos por la foto, por la campaña, por las redes sociales, pero no porque queramos hacerlo, sino porque no nos nace. Hay una indisposición evidente que desencaja en toda la fotografía. Una fuerza mayor que torna burda la imagen. Ambos lo sabemos y ambos la rechazamos.

Por estos tiempos —a causa de las autonómicas, que fueron un gigantesco entretenimiento de funambulistas, lanzafuegos y domadores de gatos, con mucho, pero muchísimo bótox y litros de tinte negro para el cabello, bigotes y cejas con la insolencia de robarle algunos años a la vejez— también se habló en demasía de una regeneración de los políticos. De una nueva camada, después de más de veinte años de constricción de liderazgos en Bolivia bajo la mafia organizada del MAS. Hubo una brisa fresca. Pero los titiriteros siguen siendo los mismos. Y cuando el muñeco cree tener independencia y lucha por librarse de su dominio, le cortan los hilos y se desploma inanimado en el piso.

También se habla mucho, por estos tiempos, de la necesidad de encarar una recuperación de nuestras instituciones, brutalmente golpeadas y malogradas por las huestes del masismo; pero se provoca muy poca reflexión sobre el hecho de que las conductas íntegras desde las instituciones no dependen —necesariamente— de reformas legislativas más severas, sino que es una cuestión de virtud política por parte de los gobernantes. Es un tema de convicción social, de educación cívica, de bienestar colectivo y no individual. Es una buena conducta fomentada desde el hogar, basada en valores éticos mínimos, que luego serán parte activa de una formación escolar y cívica en las aulas. Hoy adolecemos gravemente de ambas.

Es en el hogar donde se aprende a no robar, a no agredir, a no ser bravucón, a no ser machista, misógino ni racista. Es en el hogar donde se aprende a saludar al ingresar a una habitación, a ceder el paso a los mayores, a conversar en lugar de gritar, a no abusar del otro buscando ventajas nimias. Es en el hogar donde se inculca esa ética trágica de la que habla Savater, y no la de repostería: aquella donde no hay heroicidad, esfuerzo, voluntad ni sacrificio; y mucho menos la capacidad de ceder un paso para avanzar dos o tres juntos.

Por eso, la soberbia estorba muchísimo en la política. La encoge, la vuelve rígida y débil. La aja y la hace quebradiza. Su tridente está basado en la ira hacia el otro, el menosprecio hacia el otro y la envidia del otro. El arrogante golpea su propia lucidez y niega cualquier clase de cooperación, indispensable para una actividad de naturaleza tan gregaria como es el acto de hacer política en colectividad, en sociedad, y no desde torres de marfil o desde las trincheras del odio.

Quizás, en estos tiempos de redes sociales, la comprensión de la política como una voluntad tribal ha sido tergiversada exponencialmente por causa de ellas. No es la única razón, pero es, quizás, el mayor detonador de conflicto en la historia política de la humanidad.

Remarco nuevamente el pensamiento del filósofo español, que sostiene que la ética pertenece a un orden épico por su naturaleza implícita de compeler a una persona a la acción, en lugar de sujetarse reactivamente como objeto circunstancial, tal y como lo fueron los levantamanos del masismo o de cualquier otra agrupación política.

Cuando pasamos a la acción como ciudadanos, como políticos, como dirigentes que promueven el bienestar social y el bien común, adoptamos la perspectiva del héroe. Porque la ética, para Savater, se ocupa del "querer humano" y de una voluntad que sabe, quiere y se esfuerza por esa elección legítima y eficaz al mismo tiempo.

En Bolivia estamos escasos de héroes, y más aún en el escenario político. Nos une más el espanto que la heroicidad.


© El Día