Saber irse
Hace unas semanas publiqué un artículo en este periódico sobre lo difícil que es reinventarse en este país. Hablaba de los retos y las dificultades a que se enfrenta quien ha decidido cambiar de carrera o de profesión, o iniciar una actividad completamente distinta a la que ha venido haciendo y con la que le relaciona su entorno.
Pero no podemos ignorar que reinventarse, cuando es fruto de una decisión voluntaria, necesariamente conlleva abandonar una posición laboral o profesional existente, un puesto de trabajo en el que quizá llevemos mucho tiempo y con el que nos hayamos identificado. Por eso, me pareció que el artículo no quedaba completo sin hablar de cómo se llega a esa decisión.
¿Cómo y cuándo nos damos cuenta de que ha llegado el momento de irse?
No es algo que pase de repente, ni tiene una sola causa, pero hay que estar atento a las señales. ¿Quizás ya no sientes esa curiosidad intelectual que te motivaba? ¿Las reuniones empiezan a parecerte todas iguales? ¿Los problemas que antes te estimulaban, ahora sólo consumen tu energía y te dejan agotado? ¿Notas que has pasado a funcionar en modo piloto automático? Todo eso son señales de que tu curva de aprendizaje se está aplanando.
Lo mismo ocurre si te has dado cuenta de que las victorias ya no te producen entusiasmo, sino una sensación sospechosamente parecida al alivio. Si los lunes te cuesta levantarte y ya no vas de camino al trabajo anticipando tu día y haciendo planes, o ya no te sale espontáneamente hablar sobre el futuro. Si estás experimentando cualquiera de estos síntomas, es que ya no sientes pasión por lo que haces.
Si te vuelves más defensivo y menos valiente, o ves que los demás evolucionan a tu alrededor y te cuesta adaptarte a los cambios. Si sientes que has visto la misma película demasiadas veces. Si el éxito ya no te genera la misma satisfacción que antes. Si ya no trabajas por ambición,........
