“A la Inteligencia Artificial le puedes enseñar a reconocer la forma de escribir de un determinado autor”
“A la Inteligencia Artificial le puedes enseñar a reconocer la forma de escribir de un determinado autor”
Germán Vega. Filólogo, docente e impulsor del festival Olmedo Clásico, el Premio Castilla y León de las Ciencias Sociales y Humanidades defiende el verso escénico como herramienta viva y educativa
German Vega. Foto: Miriam Chacón.
“Conforme avanzó el siglo XVI apareció el barco que caracterizaría a la Carrera de Indias, el galeón”
“El gran legado de Don Juan Carlos es la Constitución de 1978”
“Mi trabajo se centra en la Hispanidad en Europa. El legado español sigue presente por nuestro continente”
Apasionado filólogo, docente e impulsor del festival Olmedo Clásico, el veneno del teatro se metió en las venas de Germán Vega (Gordoncillo, León; 1953) desde bien pronto para no abandonarle jamás. Tiempo ha pasado desde sus primeros acercamientos a las tablas, como entregado actor en los jesuitas de León o ya con tintes más profesionales en la compañía palentina Samuel Beckett, a finales de los sesenta. Catedrático de Literatura por la Universidad de Valladolid, el Premio Castilla y León de las Ciencias Sociales y Humanidades se aproxima al teatro clásico del Siglo de Oro con una mirada integral, como programador pero también como uno de sus principales estudiosos, una de las voces internacionales más autorizadas de las llamadas Humanidades Digitales, que en esta entrevista con Ical reivindica el vigor y la fuerza indestructible de uno de los mayores tesoros de la literatura universal.
Su abuelo, Germán García Luengos, fundó en Gordoncillo en 1936 la fábrica de harinas ‘Marina Luz’, hoy reconvertida en el mayor centro cultural del sur de León. ¿Qué recuerda de su infancia allí y cómo le marcó?
Podría recomponer esa fábrica de memoria. Gordoncillo es el lugar de mi infancia feliz, donde confirmé mi personalidad y empecé a ser persona. Para mí es el lugar donde te encuentras abrigado. Mi familia materna era muy dada a reunirse y celebrar, así como la rama de mi padre, que procedía de Fuentes de Nava (Palencia), era más seria y adusta, más castellana. En Fuentes de Nava teníamos un primo muy imaginativo, Rafael Díez Vega, que luego fue alto cargo en Telefónica, al que le encantaba organizar juegos y lecturas. A la hora de la siesta nos ponía a todos los primos a leer y organizaba sesiones de teatro en las que hacíamos un poco el tonto. Quizá ahí despertó mi interés por la interpretación.
Tenía entendido que había sido estudiando en los jesuitas, en León, donde se contagió del veneno del teatro con su profesor de Literatura, el boliviano Rafael Puente. ¿Cómo fue el fogonazo?
Él me marcó mucho, diría que definitivamente. Era un muy buen profesor y me dio clases en tercero y cuarto de Bachillerato. Organizó un espectáculo para todo el colegio que consistía en contar una historia del teatro universal a través de escenas de Esquilo, Shakespeare, Calderón, Valle-Inclán… A mí me tocó hacer de Hamlet, con la calavera, y aquella adrenalina y todo lo que había alrededor me enganchó: ese trabajo colectivo intenso, lleno de nervios, me pareció un ambiente maravilloso. Al año siguiente, con 15 años, me fui a los Maristas de Palencia, y después del primer año allí (que fue muy duro, con una soledad absoluta) todo cambió gracias en parte al teatro. En el colegio se organizó un grupo y participé.
¿Es tras aquello cuando pasa a formar parte de la compañía Samuel Beckett?
Sí, en esos años se estaban formando distintos grupos teatrales en la ciudad y allí coincidimos un grupo muy heterogéneo de personas, procedentes de todos los extractos sociales, económicos y profesionales. Teníamos entre 17 y 27 años y el director del grupo era Jesús Cabezón, que luego fue eurodiputado. Nos centramos en el teatro de protesta, con obras de dramaturgos españoles del momento como Alfonso Sastre, Rodríguez........
