El viaje del Guernica. Parte 1: el exilio
Hace 45 años, a las 08.27 del 10 de septiembre de 1981, un vuelo regular de Iberia aterrizaba en Barajas procedente del KFC de Nueva York. El capitán Juan López Durán informaba así a los 319 pasajeros y a los 19 miembros de la tripulación:
«Señoras y señores, bienvenidos a Madrid. Tengo que decirles que han venido acompañando al ‘Guernica’ de Picasso en su regreso a España».
No era exactamente el regreso, sino la llegada: el cuadro de Pablo Picasso nunca había estado en España. Pero sí parecía el final de un periplo que había recorrido cerca de 50.000 kilómetros, mucho más que una vuelta al mundo.
Y con tanto camino recorrido, quizá sea un buen momento para desempolvar el ‘Guernica’, desenterrar la historia. Ahora que se encuentra en pugna ante la petición del lehendakari Imanol Pradales —que reclama al Gobierno español que el icónico cuadro se traslade a Bilbao durante nueve meses para exhibirse en el Museo Guggenheim como gesto de «memoria histórica» y «reparación simbólica» hacia el pueblo vasco—, algo que su homónima en Madrid —ciudad que alberga el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, donde se encuentra la obra—, Isabel Díaz Ayuso, ha calificado: «Me parece que es cateto y pienso que la cultura es universal».
A primeros de enero de 1937, el Gobierno de la Segunda República Española le encarga a Picasso un mural para el pabellón español en la Exposición Internacional de París que iba a celebrarse en junio. Debía ocupar una pared de 4 x 11 metros, y para conservarlo después de la demolición de los pabellones, se decidió pintar sobre lienzo.
Casi inmediatamente, el 8 de enero, Picasso firma la primera obra de la serie ‘Sueño y mentira de Franco: 18 viñetas grabadas al aguafuerte’, cuyos beneficios se destinaron a la causa republicana.
Sin embargo, el mural se resistía.
Todo cambió el 29 de abril, cuando Picasso leyó en el periódico francés L’Humanité el artículo:
«La tragedia de Gernika; Pueblo destruido en ataque aéreo. Informe de un testigo directo».
El testigo era el corresponsal británico George L. Steer, que se encontraba cubriendo la guerra civil en Bilbao cuando llegaron noticias de que Gernika estaba en llamas:
«Todo un pueblo entero, de unos 7.000 habitantes, más unos 3.000 refugiados, fue reducido lenta y sistemáticamente a escombros».
La noticia y las imágenes de la masacre impactaron de tal manera al artista que abandonó sus proyectos previos para trabajar de manera compulsiva en lo que sería el ‘Guernica’.
Entre el 1 de mayo y el 4 de junio, en el número 7 de la rue des Grands Augustins en París, Picasso pintó el mural en blanco y negro y, sobre todo, en grises, como las imágenes de los periódicos que Franco trataba de silenciar dentro y fuera de España. Solo en el primer mes de la guerra, el edificio que albergaba la Oficina de Prensa Extranjera fue el objetivo de 120 proyectiles.
Pero ahí estaba, España, representada ante el mundo en la Exposición Internacional de París. El pabellón de la Alemania nazi exaltando la «grandeza aria» y el de la Italia fascista, la retórica imperial romana, y en medio, una España herida señalando los crímenes cometidos por los regímenes situados a ambos lados en apoyo al franquismo. El contraste era tan brutal que muchos visitantes describieron la experiencia como «un choque visual entre propaganda y verdad».
Y no era el único cuadro de un español gritando la verdad al mundo. Mientras el franquismo ponía en su objetivo en el Madrid del ‘No pasarán’ la Biblioteca Nacional y el Museo del Prado, el presidente electo, Manuel Azaña, determinó:
«El Prado es más importante que la República y la Monarquía porque en el futuro podrán haber más repúblicas y monarquías, pero estas obras son insustituibles».
Se creó así la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, huyendo de la amenaza de unos bombardeos que acabaron por suceder. La noche del 16 de noviembre de 1936, con las estatuas enterradas entre sacos de tierra, las paredes desnudas de cuadros temblaban alcanzadas por los obuses. Apenas una semana antes, nuestros Velázquez, Goya y Greco, entre más de 400 cuadros, habían iniciado un viaje que duraría tres años atravesando un país en guerra; 71 camiones, a no más de 15 kilómetros por hora y sin luces, cruzaron la frontera con Francia hasta llegar a Ginebra, donde la Sociedad de Naciones adoptó nuestros tesoros, convirtiéndose en una embajada del Prado. Mientras España era el infierno, 400.000 personas tuvieron la oportunidad de visitar las obras en el Museo de Arte e Historia de Ginebra.
Y el ‘Guernica’, obra del malagueño Pablo Picasso, pintado en París, iniciaba su viaje por el mundo para situar al espectador dentro y fuera: en la obra y en el tiempo, convirtiéndose en un alegato contra el terror de la barbarie y la guerra.
«No, la pintura no está hecha para decorar apartamentos, es un instrumento de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo».
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