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38 años y 3 meses, de momento

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¿Cuántas veces has consultado tu vida laboral en los últimos años? Quienes rondamos o hemos superado la cincuentena lo hacemos de forma recurrente, como si el simple hecho de comprobar los años, meses y días cotizados hiciera avanzar el contador. Ansiamos la cifra mágica de 38 años y 3 meses (umbral transitorio hasta 2027), calculamos cuánto nos queda con precisión y nos frustramos ante una espera que choca de frente con nuestra realidad: aún nos quedan 15, 16 o 17 años antes del descanso dorado. Si ya estamos agotados, ¿en qué condiciones llegaremos a nuestra jubilación?

La clave no son nuestras ganas de descansar, sino nuestra necesidad de parar. La madurez lleva implícita una mayor conciencia del paso del tiempo. Es entonces cuando empieza a pesarnos de verdad. Se nos ha esfumado la juventud entre horarios laborales, ascensos, reorganizaciones empresariales y objetivos anuales. Ahora que empezamos a entender que no hay mayor lujo que el tiempo —y que este es finito— queremos empezar a gastarlo de otra forma.

No hay mayor clarividencia que asumir que nuestro trabajo, al que hemos dedicado la mayor parte de la vida adulta, no es lo que da sentido a nuestra existencia, sino lo que justifica la renuncia a disfrutarla en plenitud. Una renuncia aceptada, pero no pactada. Trabajamos porque el sistema no nos permite parar, pero, después de 25 o 30 años, pesa más la sensación de que nosotros ya hemos cumplido nuestra parte del trato.

En España, a diferencia de otros países europeos, dependemos en exceso de la pensión pública obligatoria. No contamos con planes de pensiones de empresa tan desarrollados como los de Suecia, Dinamarca u Holanda, y nuestra capacidad de ahorro privado individual es, para la mayoría de las economías familiares, prácticamente una utopía. Por ello, el sistema público acaba siendo el pilar fundamental para garantizar nuestro sostén económico cuando finaliza la etapa laboral.

Este dato, unido al hecho de que en 2050 la OCDE estima que el número de personas mayores de 65 años por cada 100 en edad de trabajar será de 52 (frente a las 33 de 2025), nos sitúa ante un escenario difícilmente sostenible, si se pretende mantener el sistema actual de forma indefinida. O, dicho de otro modo: quizá en un futuro próximo tengamos que trabajar aún más años para poder jubilarnos.

En definitiva, la presión demográfica severa que sufre nuestro país obliga a asociar la jubilación con nuestra incapacidad física y mental para desempeñar el trabajo, mientras los trabajadores soñamos con llegar a ella con la suficiente lucidez y salud como para poder disfrutarla activamente.

Quizá por eso nos abonamos a fenómenos como el ‘quiet quitting’: cumplimos con nuestras tareas sin involucrarnos emocionalmente, sin asumir responsabilidades adicionales ni hacer horas extra. Lo hacemos como mecanismo de autocuidado. Como no podemos dejar de trabajar, intentamos desgastarnos lo menos posible para llegar en las mejores condiciones a la jubilación. Sea cuando sea. Si es que llega.

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