La Salpassa
Cuando hace unos días leía en estos papeles que el obispo de Ibiza instaba a recuperar la tradición de la Salpassa, mi primera reacción fue, desde una postura agnóstica y laica, pensar que se trataba de una propuesta anacrónica y extemporánea, pero a medida que fui leyendo el texto en la ‘Hoja Diocesana’ tuve que corregirme. Confieso que mi falta de fe -situación que me apena, pero no consigo superar- no me impide leer el Boletín del Obispado, posiblemente porque me recuerda los tiempos en los que yo mismo escribía en la ‘Hoja Semanal’, publicación asimismo diocesana que en los años sesenta cumplía una misma función pastoral. El caso es que tengo que corregirme y reprochar mi primera impresión a la vista de los argumentos teológicos y pastorales que Vicent Ribas aduce y que me parecen sustantivos y didácticos cuando nos habla de los simbolismos del agua y de la sal.
Sucede, supongo, que los que tenemos ya una edad venimos de un tiempo en el que una religión irreflexiva y mecanizada lo impregnaba todo; tiempos en los que las manifestaciones religiosas, más que una muestra de fe, eran costumbres, hábitos que heredábamos de manera tácita y sin pensar. Hacíamos una cruz en el pan antes de partirlo, nos santiguábamos al pasar por delante de las iglesias, besábamos la mano de los sacerdotes y la correa que llevaban -y tal vez llevan todavía- las monjas al cinto, etc. Una religión infantilizada y mal explicada lo llenaba todo y así ocurría que la salpassa, como el hecho de pintar en el medio rural cruces en los muros de las casas con lechadas de cal o colocar las palmas pascuales en los balcones, se hacía, sobre todo, en la creencia de que tales actos impedían que el demonio entrara en nuestros hogares. Quiero pensar que el demonio, si existe, es más sutil en sus acercamientos y tentaciones. Sea como fuere, me felicito de tener un ‘pastor’ que explica las cosas para que las entendamos y sepamos por qué hacemos lo que hacemos. Y bien está recuperar una costumbre con su profundo y verdadero sentido.
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