La ley del volante
Dos turismos haciendo carreras en Isidor Macabich. Un motorista circulando por el estrecho pasillo peatonal habilitado para acceder a la plaza del Parque por las obras. Patinetes en esos mismos pasadizos. Decenas de viandantes frente al semáforo en verde (para ellos) viendo coches pasar en el cruce de Vara de Rey con Ignasi Wallis. Un conductor dando volantazo para esquivarlos. En vez de frenar. Pasos obstruidos por vehículos mal aparcados. Ciclistas en las aceras. Patinetes, otra vez, pasando como una exhalación junto a la oreja de quienes caminan por ellas...
No sé si con la primavera y el incipiente turismo se multiplican las tropelías al volante o es que salimos más, pero Ibiza está cada vez más inhóspita para los que la andamos. Los vehículos de movilidad personal, que debían contribuir a hacerla más sostenible, son una jungla que nos ha arrebatado la despreocupación en los espacios teóricamente «reservados» a peatones mientras coches y humos se siguen multiplicando. Y es comprensible. Del autobús se espera poco: no es puntual, no siempre llega y a veces ni para.
Después de tantos años aguardando un servicio público decente, la «nueva era» ha nacido ya obsoleta y con un arranque calamitoso. Viajeros errando en busca de las paradas, trabajadores colgados porque el bus no llega o va tan lleno que pasa de largo, líneas que desaparecen... Si algo podía salir mal, concesionaria y Consell se han asegurado de que saliera todavía peor. Y las explicaciones de la empresa son una admisión de su incompetencia y falta de planificación. Ni siquiera hicieron algo tan fácil y básico como cambiar la cartelería. ¿Nadie les informó de que empezaban el 1 de abril? En cuanto a que «el sistema previsto en los pliegos estaba pensado para salir sin gratuidad», tuvieron tiempo de sobra para adaptarse. Precisamente, la finalidad última es que asuman una demanda mayor para aliviar las ahogadas carreteras de la isla.
El tráfico en Ibiza es desmesurado. Pagamos las consecuencias de una gestión pública que ha idolatrado el vehículo privado, hasta convertir casi en una extravagancia la decisión de prescindir de él. Muchos habíamos depositado esperanzas en la nueva contrata. Pero, de momento, en esta isla parece imponerse la lógica de siempre: el transporte público es el último recurso y sus usuarios importan poco. A los sufridores del bus se les vuelve a pedir «paciencia».
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