Esos «seres de luz» que te quitan la casa
Mi marido repetía que ibicencos eran todos los que vivían, amaban y respetaban Ibiza, lo que dejaba fuera a muchos ‘ocho apellidos’ y el grueso de su clase gobernante. Era hospitalario y socarrón. Pero yo, en la vida, he conseguido sacarme de encima el apelativo de «forastera». Andaluza en el pueblo alicantino en que nací y ‘murciana’ en la isla, aunque no haya pisado Murcia. Es esa xenofobia de ‘andar por casa’ que aquí todos conocemos y de la que nadie habla, y que ahora se multiplica por mil porque hay colectivos más vulnerables para que unos y otros descarguemos frustraciones y prejuicios.
Qué bien sienta sentirse superior con un trabajo de mierda y un piso de metro cuadrado. Y cuánto juego político da. Hasta se puede hacer campaña y alardear de miras abiertas admitiendo que no todos los inmigrantes son «unos delincuentes» mientras se parodia a los que los defienden. De los mundos de Yupi a los «seres de luz» de una Marga Prohens que parece haber abrazado la mística de los fotomontajes de Trump. Y, sin embargo, la presidenta del Govern da en el clavo. Indiscutiblemente, «no todos los que llegan son seres de luz». Tan pronto empieza la temporada, las fiestas a horas intempestivas, las carreras de conductores borrachos o drogados, las vomitonas en la calle, las broncas, las motos de agua sorteando bañistas, los vertidos de yates... lo último en que yo pienso es en ángeles. También es cierto que el aluvión colapsa los servicios sanitarios y Urgencias es un horror en verano. En cuanto a la vivienda, sabemos de sobra qué «seres de luz» especulan con ella y para quiénes la construyen, y no somos nosotros. Hasta mi pueblo, de mar, en Alicante empieza a seguir el modelo de Ibiza. Allí se han lanzado a levantar bloques y bloques de apartamentos que los vecinos no pueden pagar. Los compran franceses, alemanes, holandeses, británicos... Y los jóvenes, a compartir zulo o emigrar tierra adentro.
El discurso de Prohens yerra además clamorosamente en un punto: los inmigrantes que el Gobierno regulariza no llegan, ya están aquí. Trabajan y viven entre nosotros, y la única diferencia es que ahora podrán hacerlo legalmente (si logran sortear la pesadilla burocrática de un proceso para el que el Ejecutivo ha puesto mucho discurso y muy pocos medios). Excepto los saharauis, excluidos por apátridas. A ellos Sánchez vuelve a «olvidarlos».
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