menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La salud mental importa

7 0
14.04.2026

La salud mental importa. Siempre ha importado. Sin embargo, a menudo cometemos el error de confundirla con la búsqueda de la felicidad, cuando en realidad se trata de una conquista mucho más profunda: el equilibrio y la serenidad. Es esa capacidad resiliente de transitar la tristeza sin hundirnos en la depresión; de habitar nuestros pensamientos sin quedar atrapados en ellos; de fantasear con el futuro sin perder el anclaje en lo real. Siempre fue vital cuidar este jardín interior, pero ha tenido que ser una circunstancia tan amarga como la pandemia la que nos brindara la oportunidad colectiva de derribar el estigma y perder la vergüenza de admitir que nuestra mente también necesita cuidado.

En el ejercicio de mi profesión, hay una certeza que se fortalece cada día: la herramienta más profundamente terapéutica de la que disponemos es la empatía. Todos, en nuestro entorno, tenemos el poder de ser promotores o detractores de la salud mental ajena. Por ello, mi invitación hoy es que nos guíe la empatía: ese hilo invisible que nos permite habitar, con sagrada delicadeza, el paisaje emocional del otro.

Sabemos que existen dos grandes fuerzas que desactivan esta brújula: el estrés y el narcisismo. En este sentido, es vital no confundir el ego con la autoestima. El ego es una armadura un escudo y una lanza que empuñamos cuando nos sentimos atacados o sobreexpuestos. Tiene un valor adaptativo, sí, pero sin consciencia nos convierte en prisioneros de nosotros mismos. Como me dijo ayer una paciente con una lucidez que me conmovió: “Enhorabuena, Eduardo. Pero, por favor, que esto no te cambie. Que no te transformen ni las alabanzas ni los puñales que puedan clavarte”. Dedico este galardón a mis compañeros terapeutas y familiares, para que el peso de la responsabilidad que supone recibirlo sea compartido y no quedar inmerso e hipnotizado por la autocomplacencia.Vivimos en una sociedad que a menudo prioriza el impacto sobre la trascendencia, en la que es más importante manipular que conmover. Más importante aparentar que ser.

Paradójicamente, estamos más conectados que nunca y, al mismo tiempo, más solos. Nos estamos desconectando de lo esencial. Urge que volvamos a lo genuinamente humano.

Mi llegada a la psiquiatría fue un proceso casi natural. Crecí admirando el arte, la filosofía y el ejemplo de mis padres en La Orotava, la villa que me vio nacer y donde ellos fueron siempre un referente de compromiso con los demás. Mi padre, cirujano, me marcó el camino hacia la medicina. Pero fue en segundo curso, con la asignatura de Psicología Médica, cuando descubrí que existían médicos que, en lugar de órganos, estudiaban pensamientos y emociones. Comprendí que no solo podíamos trabajar para mantener la vida, sino para algo igualmente vital: ayudar a darle un sentido.

En mi interior siempre ha resonado una dialéctica familiar, una especie de voz en off constante. Por un lado, mi madre me susurra: “Si puedes ayudar, ayuda. Es una recompensa en sí misma; da lo mejor de ti”. Por otro, mi padre me invita a protegerme: “Cuídate, Edu.

Afloja un poco. Tú también existes”. Hoy, gracias a este reconocimiento y al esfuerzo de centrarme en el presente, esas dos voces por fin se concilian en esta tregua necesaria. Siento que el equilibrio entra en escena para proteger mi propia salud mental: sin exceso de pasado ni ansiedad por el futuro. Pero, a la vez, sin querer olvidar de dónde vengo ni a dónde quiero ir. Hoy quiero disfrutar y ser plenamente consciente de quién soy y dónde estoy ahora.Recibo este premio con profunda gratitud y humildad. Lo ofrezco como un estímulo para todos los compañeros que dedican su vida al bienestar mental; profesionales a los que admiro tanto que no me atrevería a nombrar por miedo a la omisión.

Tenemos grandes retos por delante: integrar las nuevas tecnologías y la neurociencia sin perder nuestra esencia reflexiva; innovar para mejorar a los pacientes más desfavorecidos y con menor respuesta al tratamiento, y transformar el estigma en una cultura de autocuidado y “heterocuidado”. Debemos abordar la realidad del suicidio con sensibilidad y rigor, y enfrentar nuevos retos como el acoso en la era digital con firmeza.

Recuerden, finalmente, que más allá de los títulos y los premios, todos podemos ser potenciales promotores de salud mental para las personas que caminan a nuestro lado.

*Psiquiatra. Discurso de Aceptación del Premio Cum Laude al Psiquiatra del Año 2025


© Diario de Avisos