Euskadi: desde la Sagrada Familia ante Arantzazu
El miércoles 10 de junio, en el centenario exacto de la muerte de Antoni Gaudí, el papa León XIV bendecirá en Barcelona la torre de Jesucristo. Con sus ciento setenta y dos metros, la Sagrada Familia pasará a ser la iglesia más alta del mundo, y un templo comenzado en 1882 culminará por fin su forma vertical. Aunque sigan quedando acabados por realizar, han sido ya ciento cuarenta y cuatro años de obra. Siglo y medio de mundo a la sombra de un proceso que por fin termina. Llega la hora de un panorama distinto, en el que habrá que mirar aún más arriba para interpretar el legado de Gaudí.
¿Pero qué significa ese templo para nosotros? Es el gran monumento del catalanismo, sí, pero es también algo más amplio y elusivo: en él Catalunya no solo levantó una catedral, sino una metrópoli, una lengua literaria, una burguesía comprometida, una mitología propia, un mundo. Como vasco, no se puede contemplar la Sagrada Familia sin admiración: es la obra de un pueblo que despertó y echó a andar, desafiante y libre. Y es que, aunque nuestro abertzalismo respire hoy más libremente que el catalán —herido aún por la derrota del procés—, su ciudad y su historia siguen inspirándonos por su simbolismo. Y quizás por algo más.
A ambos pueblos nos enseña más de un siglo de cooperación, pero también de discusión —desde el nacimiento mismo del proyecto jeltzale—, que un pueblo no se construye en una generación, ni en dos. Debe sobrevivir al tiempo, del que nace siempre la diversidad de pareceres. Esos pareceres han sido los estilos y las ideas que han seguido construyendo sin cesar. He ahí la fuerza de una catedral; he ahí la fuerza de un........
