Un genocidio hoy
Hay acontecimientos históricos que nos han provocado siempre un profundo estupor y, desde luego, han ayudado a configurar los principios que rigen las sociedades democráticas, como son los derechos humanos, a través de la defensa de la dignidad y la justicia. Por ello, cuando se apela a estos temas a uno le vienen a la mente ciertos episodios para ejemplificarlos como el exterminio armenio, el genocidio judío, las limpiezas étnicas en la extinta Yugoslavia, las matanzas provocadas por los hutus y, así, un largo etcétera.
Desde luego, el ser humano ha sido capaz de impulsar toda una suerte de horrores colectivos, de masacres y atroces crímenes en nombre de la patria, la religión, la raza, las ideologías o cualquier otro aspecto que se nos ocurra. Y nunca parece suficiente. Siempre halla fórmulas para alimentar nuevos odios y acabar provocando otra infame atrocidad. Los referentes a los que aludía no parecen calmar esa sed de sangre, pero lo que es peor viene después: esa incapacidad humana de las sociedades por asumir, pese a todo, la responsabilidad de tales barbaridades. Siempre hay quien las disfraza, las niega, las esconde o culpa a otros. Es como si la ilógica de la sinrazón, una especie de inherente satisfacción de hacer daño a otro ser humano, formara parte de nosotros mismos, en vez de valernos de la autocrítica y del aprendizaje. No siempre y no para todos, porque para eso está la distinción entre víctimas y verdugos; y las víctimas acaban contándose por cientos o miles y los verdugos suelen ser pocos…
Más de 70.000 palestinos........
