Lo público, ni negocio ni negociable
En Santander, en 2014, se inició una obra para, decían, mejorar el trazado de la senda milenaria que la recorre. Nunca había habido ningún accidente en ella. El vecindario de la zona avisó y denunció que la obra realizada era un peligro por ubicarse sobre rocas que son rompeolas. El 3 de marzo del 2026 una de esas pasarelas cedió y cinco muchachas y un muchacho perecieron bajo la rompiente. Otra quedó malherida. Tenían entre 19 y 22 años. No fue casual.
Hay políticas en demasiadas administraciones públicas con un talento difícil de igualar: convertir lo evidente en discutible y lo denunciado en invisible. Se supone que están para proteger, para gestionar con criterio y para escuchar al vecindario. Pero en la práctica han perfeccionado otro modelo, mucho más ágil: no hacer nada… hasta que ya no hay nada que hacer.
El drama de El Bocal encaja con precisión quirúrgica en ese patrón. No es solo un hecho trágico, porque aquí no falló la información. El vecindario avisó. Insistió. Señaló el peligro de unas pasarelas que, lejos de garantizar seguridad, parecían diseñadas para ponerla a prueba. Quienes transitan a diario por ese espacio conocían los riesgos, los denunciaron. No fue un arrebato puntual ni una exageración colectiva: fue conocimiento directo, cotidiano, de quien pisa el terreno. Pero, claro, eso no tiene peso en los........
