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Karl Kraus y los bulos

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25.09.2026

Dado el interés y la sorprendente actualidad de su asunto, ofrecemos extractos escogidos de uno de los ensayos recogidos en Siete perfiles de una Centroeuropa, de Adan Kovacsics (Barcelona, H&O Editorial, 2026), de reciente aparición.

La obra de Karl Kraus es misteriosa. Crece con el tiempo y crecerá y crecerá. Él sí sabía la dimensión que podía alcanzar. Ni siquiera esos pequeños cuadernos rojos llamados Die Fackel (La antorcha) lo intuían. Por eso estaba tan solo, rodeado de adeptos que tampoco lo intuían. Era la soledad de quien tiene un oído especial y percibe en cuanto se dice y escribe aquello que nadie oye. “Mi oído ha desvelado el sonido de los hechos”, leemos hacia el final de Los últimos días de la humanidad, la gigantesca obra en que hace aflorar toda la crueldad y brutalidad de la Primera Guerra Mundial. Y Kraus crece porque el mundo se asemeja cada vez más a lo que él oía. Y a lo que veía. Primero fue su visión, luego se hizo realidad. Dice el Criticón al Optimista en Los últimos días de la humanidad: “Mis visiones son las realidades que usted no ve, y cuando para usted no ha cambiado nada, para mí se cumple una profecía”. Y más adelante: “Mi mirada acertó de tal modo que el mundo se convirtió en aquello que yo veía”.

Uno de los procesos que vio y oyó a comienzos del siglo XX fue el lenguaje que se había impuesto en la prensa, en la información periodística. Y otra de las características que observó fue la sumisión tanto de la literatura como de la ciencia, las cuales acudían prestas a sumarse a ese lenguaje, así como a la necesidad de los periódicos de alimentarse y alimentar a diario los cerebros.

En el año 1902, en relación con la erupción del monte Pelée en Martinica, Kraus ya lamentó la avidez informativa de los diarios que llenaron páginas y páginas y explotaron la catástrofe de una “manera repugnante, nunca habida hasta ahora”, decía; y lamentó asimismo la “obediencia” que llevó a eruditos a postrarse ante la prensa, a satisfacer su hambre, a manifestar opiniones respecto a la destrucción que se había producido y a acabar soltando banalidades. El reputado geólogo Eduard Suess se avino a dar su punto de vista sobre la erupción y sus consecuencias, y sus apreciaciones fueron las mismas que podría haber expresado cualquier reportero: que la cantidad de víctimas producidas por la erupción dependía de la cantidad de personas que residían en la zona, que las cenizas generaban un oscurecimiento del cielo, que esto provocaba crisis de ansiedad en la población, etc. “Lo que cuenta el profesor Suess es lo que de todos modos podía extraerse de las ‘informaciones recibidas’”. Pero lo dice un experto, escribe Kraus. Esto no ha cambiado. Hoy en día también se necesitan expertos para hablar de que en verano las playas se llenan de bañistas y de que en Navidad se reúnen las familias, para lo cual hay que entrevistar a un viandante sudoroso y a una señora que compra pescado para la cena navideña y, no contentos con esto, también a un historiador que nos habla de los primeros bañistas del siglo XIX y del origen de la tradición de los canelones del día de San Esteban. Se trata de decir con tono serio, científico, que la lluvia moja, todo ello aderezado con un tono rimbombante en tiempos de Kraus y más insípido y con más añadido de cifras y datos hoy en día, pero, eso sí, con tópicos y frases hechas tanto entonces como ahora.

Lo decisivo es la sustitución del terremoto por el espectáculo terremoto

Lo decisivo es la sustitución del terremoto por el espectáculo terremoto

Lo decisivo, sin embargo, ya no es el terremoto, sino la sustitución del terremoto por el espectáculo terremoto, y Kraus, que era un satírico, no podía dejar escapar ese terrible movimiento. El terremoto trae devastación y medios de comunicación y expertos y ahora también cámaras y más medios y más expertos. Los hechos penden de la información, existen por y para la información, que los explota y los........

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