La memoria de un escritor
Esta semana ha muerto mi amigo Eduardo González Ascanio, que fue colega en la profesión docente y en la literatura, y amigo por encima de ... aulas y manuscritos. En esta tierra en la que la cultura suele estar eternamente castigada con el silencio, que se haya ido uno de nuestros mejores autores de cuentos no hace pestañear a una sociedad que entra en pánico cuando le duele la rodilla al delantero estrella de la UD Las Palmas. Eduardo fue y es una gran figura literaria porque era un maestro del relato breve, un orfebre de la palabra y un ciudadano inquieto por el devenir de esta tierra, que se ignora e ignora que se ignora, como sentenció Juan Manuel Trujillo (culpable, «en compañía de otros», de que la inteligencia, el conocimiento y la literatura no fuese borrada del mapa en estas islas durante los años más oscuros del siglo XX).
Se ha muerto un escritor, y no sé si es una profecía, un anuncio o un deseo de justicia, pero creo que en el futuro la pequeña por tamaño y concentración pero gran obra de este maestro del cuento estará con letras muy grandes en la memoria colectiva. No me ciega el cariño grande que le tenía y le tengo, ni el dolor inmenso de su partida silenciosa mientras a su alrededor el polvo sahariano venía a despedirlo, pero creo que estoy en condiciones de afirmar que su aportación a la cultura y a la literatura en especial es un mojón en el camino que debemos seguir.
Demasiadas muertes en tan poco tiempo, pero así es el ciclo de la vida. La muerte a menudo se burla de nosotros, y es posible que acabe siendo supersticioso porque mi relación con las necrológicas es curiosa. He escrito muchas, casi........
