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Ante el populismo: más y mejor democracia

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monday

La crisis actual nos alerta y obliga a la reflexión y la acción.

Una élite separada del pueblo ha sido el dilema permanente de las sociedades en todo tiempo y lugar. En cada una de las civilizaciones, la organización del trabajo y de la sociedad funciona con reglas que, de alguna manera, consolidan el dominio de las élites. Esclavos, plebeyos, siervos, proletarios, campesinos… han contado con menos derechos que los patricios, aristócratas, nobleza, clero y burguesía.

Enfrentar el dilema entre la élite y la “gente de a pie” —como se ha comenzado a llamar a los sectores populares— es el objeto de la política, ya que convivir aceptablemente requiere superar o reducir esta contradicción mediante reglas que la amortigüen. Todos quienes se han hecho cargo del poder, o que pretenden alcanzarlo, integran en su acción esta encrucijada, proponiendo caminos diversos, a veces antagónicos, para superarla.

Hoy, la globalización, junto con buscar uniformizar el mundo en base al consumo, es incapaz de ocultar esa dicotomía entre las élites y los ciudadanos.

La teoría de la lucha de clases de Marx y Engels intenta una explicación de la historia a través del materialismo histórico, tipificando sus etapas en función del sistema de producción, las que, al evolucionar, llegarían a la sociedad sin clases. Aplicada por V. I. Lenin, esta evolución parece detenerse, casi por arte de magia, en la fase del socialismo, en la que el proletariado entregaría una suerte de mandato de representación a una “vanguardia” que pasaría a actuar por cuenta del pueblo. Esta encarnaría a esos “esclavos sin pan” a los que se refiere La Internacional, himno cantado cada vez menos por una izquierda más identitaria que popular.

Inútil argumentar para contradecir tan “loable” propósito del marxismo-leninismo. Muchos ya se han encargado de evidenciar los hechos que desmienten esta caricatura por la que, sin embargo, millones de disidentes y militantes han dejado la vida. La élite socialista, o........

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