Recordando a mis maestros y valorando la educación como motor de cambio
La educación como vehículo transformador
Entre calles polvorientas y patios improvisados del barrio "La Gran Parada", en la parroquia Macarao, en la Caracas de los años 60, aprendí mis primeras letras gracias a Hilda y Alejandrina Morales, vecinas autodidactas y de gran corazón quienes mantenían una pequeña escuelita para los niños del barrio. Su misión era clara: orientar, educar y abrir oportunidades donde parecía no haberlas.
En mi opinión, basada en mi experiencia en la escuela primaria "Claudio Feliciano" y en el Liceo "Luis Razetti", la educación pública ha sido —y sigue siendo— el instrumento más poderoso para transformar la vida de las personas y el destino de una nación.
El apoyo familiar: la primera escuela
El apoyo familiar fue determinante.
Los consejos constantes de mi madre, hermosa merideña, me enseñaron disciplina, respeto y la importancia del estudio.
Esos principios marcaron mi vida y mi relación con la educación, y me hicieron valorar cada lección recibida.
Maestros que dejaron huella
En la escuela primaria Claudio Feliciano, mis maestros de 1º a 6º grado dejaron un recuerdo imborrable:
Emperatriz de Sotomayor – paciencia y ternura en cada clase.
Irma Cano – firmeza y justicia que enseñaban más que letras.
Luis Rafael López – estimulaba la curiosidad y el esfuerzo.
María de Feliciani – acompañaba con dedicación y cariño.
Luisa Nohelia Rodríguez – ejemplo de disciplina y constancia.
Guido Di Rienzo – enseñaba a pensar y a soñar con metas grandes.
En el Liceo "Luis Razetti", profesores como:
Gloria de Baiz (mi segunda madre), Ciro Urquiola, Francisco Viloria, Sandra Masso, Miguel Castillejo, José Aldana, María Michelangeli, me orientaron por el buen camino, reforzando valores y disciplina que aún guían mi vida.
A todos ellos, mi más profundo agradecimiento. Formaron no solo conocimientos, sino valores y orientación de vida.
La educación pública: un motor de movilidad social
La educación pública puede romper el círculo vicioso de la pobreza y abrir oportunidades de progreso.
El Estado debe garantizar escuelas dignas y maestros motivados, bien preparados y dignamente remunerados.
El sector privado puede aportar recursos: infraestructura, bibliotecas, alimentación escolar, deportes y mejoras en los barrios.
La Iglesia y la comunidad organizada tienen un rol fundamental en acompañar y cuidar a los niños.
Se necesita un pacto coordinado: Estado, sector privado, Iglesia, comunidad y la conciencia ciudadana, todos haciendo un esfuerzo constante para combatir la pobreza, especialmente en los sectores más vulnerables.
Desideologización y futuros libre pensadores
Es urgente desideologizar el sistema educativo, basado en la Constitución, no en líneas partidistas o sectarias.
La educación debe formar futuros libre pensadores, ciudadanos críticos, capaces de analizar, cuestionar y crear.
Es imprescindible desmontar el culto a la personalidad que ha causado tanto daño, promoviendo un aprendizaje auténtico y reflexivo.
Reconciliación y construcción de país
En este período de transición, la reconciliación es más que urgente.
Venezuela necesita encuentro, comprensión y suma de voluntades para avanzar como sociedad.
A pesar de una infancia y adolescencia con limitaciones, guardo gratitud, no resentimiento.
La sociedad avanzará con entendimiento, respeto mutuo y trabajo conjunto, no con conflictos de clases.
La educación sigue siendo el motor del cambio, y también la esperanza.
Conclusión inspiradora
Educar es despertar la conciencia y no adoctrinar.
Cada niño que aprende hoy es un ciudadano que construirá un país mejor mañana.
La educación pública me sacó del barrio y me enseñó a soñar.
