Realpolitik: Tiempo de Construir
“Para María Corina Machado es el momento de construir sensatez, ciudadanía y saneamiento. No ya como símbolo de oposición, sino como arquitecta de la nueva República”
Por décadas, la palabra Realpolitik ha suscitado una mezcla de fascinación y desconfianza. Para algunos representa la forma más sofisticada del ejercicio del poder: racional, estratégica, inmune a los sentimentalismos, posibilista más que moralista. Para otros no es más que un barniz intelectual para justificar el cinismo, la renuncia moral y la conveniencia desnuda. Ambas percepciones contienen algo de verdad. Y precisamente en esa tensión reside su relevancia.
La realidad política venezolana no escapa de esta simbiosis entre pragmatismo y justicia, fortalezas y debilidades, sentimientos y estrategias, luz y oscuridad. El caso venezolano tiene una particularidad: el objetivo libertario y restaurador es superior al interés particular en el poder, por lo que el fin supera los medios. La Realpolitik no es la negación de los principios. Es la administración prudente de las posibilidades. No consiste en abdicar de los ideales, sino comprender que la historia rara vez concede victorias puras. Como bien observó John Bew en su monumental obra Realpolitik: A History, la política eficaz comienza cuando se reconoce que transformar la realidad exige, antes que nada, entenderla.
¿Cuál es la realidad que necesitamos comprender los venezolanos para aceptar o asimilar fases de poder sin las cuales la recuperación democrática sería ilusoria? Explicar esos factores será el desafío del presente análisis.
Una transición tutelada. Un relevo controlado. Un cambio sin revolución.
Hoy pocas crisis ilustran mejor esa tensión entre moral y poder que Venezuela. Y pocas coyunturas la expresan con tanta nitidez como la nueva arquitectura geopolítica que parece emerger tras la captura de Nicolás Maduro por parte de EE.UU. El primer factor a considerar es que, sin este evento, pensar un cambio de régimen en Venezuela era ilusorio.
La salida de Maduro no supone el fin del chavismo, pero sí podría suponer el fin de un régimen criminal que se distanció de un modelo idealista, populista y de apariencia revolucionaria. Tampoco implica la inmediata restauración de la democracia, porque la reinserción de la sociedad a un Estado moderno, democrático y liberal no se agota en un evento: ni electoral, ni revolucionario, ni voluntarista. Comporta un complejo proceso de decantación política, criminal y cultural.
La historia enseña que los regímenes autoritarios no suelen desaparecer en un sólo acto. Mutan, se adaptan, buscan sobrevivir bajo nuevas formas. En ese contexto, la eventual consolidación de Delcy Rodríguez como figura de transición encarnaría precisamente eso: no una ruptura sistémica, sino una reconfiguración funcional del poder. No significa necesariamente ni apertura ni un nuevo sistema de gobierno, como tampoco en una etapa post decantación, implica que quien entre a gobernar tenga que cohabitar con el antiguo régimen. La depuración es previa. Y esa decantación exige un ingrediente elevado [y balanceado] de realpolitik, sin llegar a la candidez.
A la humanidad le hizo mucho daño el voluntarismo del primer ministro Neville Chamberlain frente a Mussolini y Hitler. El Acuerdo de Múnich fue la derrota anticipada de la Liga de Naciones devenida de inocencia frente a la barbarie. Hoy en Venezuela pasa algo similar. Puedes demostrar voluntarismo y pragmatismo, pero no a un punto de falsear la realidad o dejarse llevar por una percepción de control u obediencia.
La transición en Venezuela tiene la particularidad —por ahora— que es cabalgar con el statu quo como condición previa a la instalación real de un sistema democrático. Eso se llama decantación de los factores autoritarios. Pero si “el potaje hierve demasiado” el plato puede resultar agrio.
Desde la perspectiva de Donald Trump, cohabitar no........
