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Por qué soy optimista. La luz no se anuncia, insiste…

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22.04.2026

Hay una razón incómoda—pero profundamente esperanzadora—para ser optimista sobre Venezuela: tocamos fondo. No en un sentido retórico. En un sentido histórico. El 3 de Enero del 2026 significó el epílogo de la mayor devastación que haya vivido el país desde la caída de la primera república el 25 de julio de 1812 [terremoto incluido].

Debilidad política, un ejército ideologizado, un estado criminal y una crisis económica, social y moral sin precedentes convirtieron a Venezuela en un país caótico como el medio oriente y depauperado como algunas naciones Africanas. Quién iba a pensar que Caracas podría ser bombardeada como lo fue Bagdad, Damasco, Teheran o Kabul, habiendo pasado además una hambruna mordaz.

Entre 2013 y 2023 el país experimentó una caída de su PIB cercana al 75–80%, una de las más severas registradas en tiempos de paz. Inexplicable en un país que recibió [1.999 y 2012] la mayor suma de ingresos petroleros que jamás haya recibido nación alguna en términos per capita en LATAM. La deuda externa se quintuplicó y PDVSA [otrora empresa líder del mundo] quedó desahuciada.

Pasamos de una economía de 350/Billones de dólares [PIB] y una producción de petróleo de 3.5 millones de B/d a un PIB que no toca los 85 Billones de dólares [inferior al Salvador o Guatemala] y menos de un millón de barriles B/d. No fueron las sanciones ni una recesión convencional. Fue una debacle estructural comparable a economías devastadas por guerras, por cuba del mayor despilfarro sufrido en nuestra historia.

Sin embargo, el propio fenómeno muestra algo contraintuitivo. Los colapsos extremos preceden recuperaciones extraordinarias. No automáticamente. Pero sí con una lógica clara: cuando todo ha sido destruido—precios, instituciones, moneda, confianza—cualquier corrección básica y cambio del modelo de poder puede producir un crecimiento exponencial.

Ese es el punto de partida del optimismo…

Venezuela y la lenta victoria de la realidad

Venezuela no nació de la escasez. Venezuela se explica por una tragedia que se contradice a su historia de prosperidad y libertad. Venezuela se presenta mejor por su memoria. Porque antes del colapso, Venezuela fue una sociedad abierta al mundo. No perfecta, pero sí profundamente viva. Como escribió Alexis de Tocqueville, “las naciones no son más que el reflejo de sus ciudadanos”. Y hemos sido ciudadanos buenos y privilegiados. Otra cosa es que hemos sido mal administrados.

La reconstrucción de Venezuela no dependerá únicamente de reformas económicas o cambios políticos. Dependerá de la recuperación de una ética social basada en el trabajo, la solidaridad y la integración. Y ese plasma está en nuestras venas.

Por más de 5 décadas el país no fue lugar de salida sino de llegada. Italianos, portugueses, españoles, árabes, latinoamericanos, judíos europeos, todos encontraron en nuestro territorio un sueño, una posibilidad, un hogar

No fuimos la sombra en la palabra ni en el andar, sino palabra cálida, buena, de bienvenida y de luz sobre la sombra. No preguntábamos de dónde venían, sino qué querían construir. Al forastero sólo lo amanecíamos con un café, una sonrisa y una arepa.

Caracas era una ciudad que miraba hacia adelante y le escribían canciones. En cada esquina una tradición con aroma a extranjero: De Pinto a Miseria, de Pele el ojo a las ánimas, de........

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