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Gonzalo Castellanos Yumar: a cien años de su nacimiento

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13.02.2026

Este artículo se escribe en el marco del centenario del nacimiento de Gonzalo Castellanos Yumar (1926–2026) y a propósito de un reciente homenaje musical organizado por su familia, en el que se interpretaron algunas de sus obras sacras durante una misa conmemorativa celebrada en su memoria. Más que un acto ceremonial, ese encuentro reafirmó la vigencia espiritual, estética y humana de una obra concebida para perdurar en el tiempo y en la conciencia. El centenario no se presenta aquí como una efeméride cerrada, sino como una invitación a volver a escuchar, a comprender y a recordar.

Nota editorial: A lo largo de 2026 se celebrarán distintos eventos conmemorativos en honor a Gonzalo Castellanos Yumar —incluyendo conciertos, recitales y presentaciones especiales— que serán anunciados oportunamente como parte de las actividades del centenario.

Introducción — Entre la historia y la vida

Escribir sobre Gonzalo Castellanos Yumar implica transitar dos caminos que, en su caso, nunca estuvieron separados: el de la música como disciplina intelectual y el de la música como forma de vida. Compositor, director, organista, pedagogo y pensador musical, su figura ocupa un lugar central en la historia de la música académica venezolana del siglo XX. Sin embargo, comprender plenamente su obra exige mirar también ese territorio menos visible —pero igualmente formativo— donde el arte se expresa como ética cotidiana, como actitud sostenida frente al oficio y como responsabilidad cultural.

Pero para quienes crecimos cerca de él —tío Gonzalo para mí—, su legado no se manifestó primero en los libros ni en los escenarios, sino en la cotidianidad silenciosa del rigor, la escucha y la coherencia. Allí, lejos de los aplausos, fue donde aprendimos que la música no se enseña solo con palabras ni con gestos grandilocuentes, sino con la manera de estar, de pensar y de vivir. En su estudio, al cual me invitaba a entrar con frecuencia, la música no solo se escuchaba: se sentía, se respiraba, se percibía en cada objeto, en sus partituras, en sus ideas y en nuestras siempre estimulantes conversaciones.

Este texto nace de ese doble lugar: del estudio y de la memoria. No pretende sustituir la investigación musicológica ni la mirada crítica, sino complementarlas con una perspectiva vivida, cercana y respetuosa, que permita comprender mejor la dimensión humana de una obra profundamente pensada.

A mi tía, Beatriz Giliberti de Castellanos, por su sensibilidad y por la música compartida; por una vida dedicada a la música y a la enseñanza del........

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