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Columna de Rita Cox/ Bellavista: Punto de quiebre

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20.06.2026

Hace siete años cubro temas de ciudad y hace siete años veo, escucho y leo sobre Bellavista y su gran problema: la seguridad. Delincuencia común, incivilidades, convivencia entre locatarios y residentes, estallido, crimen.

Siete años tienen un factor común: la persistencia de vecinos y trabajadores por sostener este ecosistema barrial mixto de importante población flotante, y el Estado buscando fórmulas. Dentro de ese arco de autoridades han destacado particularmente Evelyn Matthei, durante su gestión como alcaldesa de Providencia, y su sucesor, Jaime Bellolio. Ambos advirtieron hace tiempo, y con énfasis, sobre la urgencia de ponerle un paréle a la crisis para evitar la escalada.

En ese contexto es que, como una profecía autocumplida que pocos atendieron realmente, el 2 de junio fuimos golpeados por el episodio Bellavista de la llamada Operación Tokio, garra del Tren de Aragua, que reveló un modus operandi de cobros extorsivos en locales nocturnos y blanqueo de 75 mil millones de pesos. Una cifra inasible, abstracta para uno. La imagen nítida de la violencia, el miedo y la podredumbre. No hace mucho eran relatos en condicional de lo que podría llegar a ocurrir y que hoy son hechos.

Sabemos que estaban ocurriendo en Bellavista —emplazada en las comunas de Providencia, Recoleta y Santiago—, pero hay un tupido velo respecto de dónde más. ¿En el almacén de la esquina de la casa? ¿En el garage donde vamos a arreglar el auto? ¿En la librería donde compro los artículos de escritorio? ¿En el local de sushi con descuentos los martes?

Lo de Bellavista lo tiñe todo y no es exagerado sentirse en peligro y vulnerable en cualquier parte. Se había anunciado que era posible —el abogado Francisco Cox lleva tiempo alertando sobre la crudeza del problema— y por estos días recuerdo el testimonio de una mexicana de visita en Chile que conocí hace unos diez años en un asado en Santiago. En la conversación sin rumbo, me contó que era dueña de una mueblería en Ciudad de México y que, junto con el arriendo del local, debía pagar mensualmente una cuota a un mafioso del sector a cambio del “derecho” a quedarse. No podía creer lo que escuchaba, mientras ella, con una naturalidad aterradora, me decía que estaba acostumbrada. Tanto que no tenía intención de mover una silla del........

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