Con mis mayores deseos
Un día, deseamos tanto y más, con tal intensidad, que dejamos de vivir en la narrativa para comenzar a vivir en loops. Convertimos la vida en una representación constante y finalmente sucedió algo que no esperábamos, dejamos de pensar para entender y comenzamos a pensar para evitar; evitar el conflicto, la duda…, la herida mínima que alguna vez fue el precio natural de estar vivos. Pensar dejó de ser un acto interior y se volvió una maniobra social: debo decir lo correcto, debo sentir lo apropiado, indignarse porque está de moda y olvidarnos de lo que alguna vez fue el sentido común y el pensamiento crítico, porque con ellos todo es insoportable, especialmente esa locura llamada lucidez.
El alma, que antes era un territorio íntimo y contradictorio, hoy funciona como un algoritmo de aprobación, el dilema de existir o de exhibirse, y este algoritmo —en consecuencia— mide aplausos, te hace luchar con ahínco por ser más visible o más unificado, como se quiera ver; premia pertenencia, porque hoy el individuo se adora pero no se respeta; te hace sentir vacío si logras concentrarte en algo porque la felicidad está en la distracción, castiga la soledad y nos ha convencido de que la popularidad, e incluso las ideas huecas o incendiarias que se repican en las redes sociales, son nuestra identidad.
Si el medio define la mente, debería resultarnos obvio que el medio que hemos comenzado a habitar nos define como almas algorítmicas sin territorio, sin piel, frágiles, sin carácter, incapaces de vivir fuera de un espacio mental en el que no se perdona el anonimato, en el que se premia la estandarización, en el que emerge una sociedad en la que se puede sobrevivir siendo solo un espectador y en el que finalmente nos fundimos con la comodidad, la gratificación inmediata y la obsesión por la autoimagen. Este es el verdadero........
