menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

El pequeño propietario también es culpable

18 0
previous day

Sucedió una cosa curiosísima en julio de 1834: en un acto que los historiadores modernos no terminan de dirimir si fue organizado o espontáneo, varios conventos fueron incendiados en lo que hoy es el centro de Madrid, y sus frailes, brutalmente asesinados después de que corriera como la pólvora el rumor de que habían envenenado el agua con objeto, en los albores de la primera guerra carlista, de disminuir la población de menesterosos que se aglutinaban en la capital. Las matanzas se sucedieron en centros eclesiásticos cercanos a la Puerta del Sol, y mientras las clases más bajas volcaban su ira en los mismos clérigos, un nuevo estamento social que en aquel entonces se estudiaba los renglones del liberalismo centraba sus esfuerzos materiales en quemar las propiedades, en lugar de dar pasaporte a las personas; era la burguesía, o algo parecido y que rimase con ella prosaicamente, que caldeó los ambientes de los gatos para atacar las propiedades de la anquilosada Iglesia y empujar un traspaso de titularidades que ya les sonaba que había sucedido en latitudes más al noreste: en las llamadas clases medias, se encendía la mecha de la cultura rentista. 

Ya desde el siglo XIX, vetusta era idéntica a la nuestra, las clases tenedoras de España han vivido con una mentalidad sobre el suelo muy diferente a la que predominaba ya en otros imperios decadentes europeos; mientras en Inglaterra o Francia, después de las revueltas liberales, se favorecía el capital productivo y se consideraba la tierra un mero instrumento para generar otras riquezas, España no salió de la paranoia rentista y redujo la actividad del buen empresario a aquel que fuera capaz de emanar rentas pasivas de la mera simpleza de poseer –de hecho, si........

© Público