Vivir en un mundo que molesta
Intento encender un mechero, pero el tubo interno que recoge el gas no llega al final del cilindro, de la misma forma que el pincel del pintauñas nunca alcanza el fondo del tarro: la industria obliga a tirar una porción del producto, a no apurar lo que fue diseñado para generar basura. Voy al supermercado con mis bolsas de tela, pero no me permiten pesar yo sola el pepino que pretendo añadir al gazpacho: la cajera me lo devuelve envuelto en plástico, con el ticket pegado, como la lechuga y las setas que compré para la cena. Suspiro. El otro día, en la estación de tren Santa Justa de Sevilla, un señor muy enfadado se negó a cambiar mi billete, lo cual forzaba una espera de casi tres horas aunque hubiese plazas disponibles antes; miré a mi alrededor –con suerte, localicé un asiento libre: en Atocha casi nunca hay–; intenté leer, pero el soniquete de varios teléfonos me interrumpía constantemente; cuando tuve que ir al baño, se había formado una cola larguísima porque a mediodía sólo existe uno disponible y, en mitad de aquel reguero de vejigas urgentes, observé a una chica embarazada de siete u ocho meses que apenas aguantaba las ganas de orinar. ¿Es que nadie va a dejarla entrar primero? –espeté–, mientras el resto de señoras me juzgaba con gestos entre la........
