La Roja me sonroja
Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla, como la de Machado. Mi infancia son recuerdos de patadas a un balón. Había otros juguetes, aunque no tantos como ahora, pero el balón era una bellísima luna alrededor de la que gravitaban muchas más cosas del niño: la amistad y la camaradería, el sentido de pertenencia a un grupo, el aprendizaje del éxito y el fracaso, la evasión de un paisaje escolar de sucias sotanas sádicas. Yo qué sé. Solo era un niño.
Todas estas cursiladas tópicas y nostálgicas hacen más doloroso el hecho de que hoy el fútbol me dé asco. Ya casi no vi el pasado Mundial de Catar, cuando un mundial es para un futbolero lo que para un meapilas simboliza la visita del papa.
En Catar no veía fútbol. Sabía que bajo los faraónicos estadios erigidos a contrarreloj se pudrían cientos, miles de esclavos explotados hasta la muerte. The Guardian estimó, tras profusa investigación en sus países de origen, que los cadáveres de unos 6.500 trabajadores migrantes de las obras fueron repatriados. En sus actas de defunción consta que casi todos palmaron por accidentales fallos cardiacos. Quizá es que todos fumaran mucho ya en su juventud. Pero con jornadas laborales de entre 12 y 16 horas diarias a 50 grados a la sombra, lo mismo se pueden inferir otras autopsias.
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