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Deporte y personas trans: menos ruido y más ciencia de los sexos

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El debate público sobre la participación de personas trans en el deporte está marcado por mucha ideología, afirmaciones simplificadas y por una profunda desconexión con la evidencia científica actual. Como evidencia de que los criterios son más ideológicos que científicos, basta con recordar que dos de las federaciones que a nivel estatal han prohibido a las mujeres trans competir son tiro con arco y ajedrez.

Así, mientras hay quienes sostienen que las mujeres trans poseen una ventaja atlética inherente e insalvable, otros afirman que las diferencias desaparecen sin más. La realidad es más compleja y, justamente por eso, y teniendo en cuenta que deportistas trans han ido incorporándose a deportes comunitarios y federados sin tanta alharaca, el deporte profesional —especialmente el de élite, que es el que siempre se toma como referencia— merece un análisis más riguroso y unas políticas del deporte competitivo finamente diseñadas.

Una reciente revisión sistemática con metaanálisis, que analiza 52 estudios y más de 6.400 personas, compara composición corporal y aptitud física entre atletas cis y trans antes y después de la terapia hormonal. Sus resultados principales vienen a desafiar los tópicos del debate: tras 3 años de terapia hormonal, los estudios infieren que las mujeres trans no muestran diferencias significativas en fuerza —característica principal de varios deportes—, ni en capacidad aeróbica máxima —clave en los deportes de resistencia—. Es decir, que, aunque las mujeres trans pueden mantener algo más de masa magra, ese dato no se traduce en un rendimiento superior.

Los propios datos del metaanálisis muestran que la terapia hormonal en mujeres trans produce cambios fisiológicos progresivos: disminución de masa magra y reducción de fuerza en el tren superior y aumento de masa grasa, acercando sus perfiles funcionales a los de las mujeres cis.

Desde el Science Media Centre España subrayan este mismo hallazgo y, al mismo tiempo, recuerdan que la ausencia de diferencias estadísticamente significativas no prueba la igualdad absoluta en todos los deportes, señalando los límites de los estudios actuales: heterogeneidad, ausencia de datos específicos de deportistas de élite trans -no llegan a profesionalizarse por la discriminación y falta de oportunidades en el deporte competitivo-, y por la falta de métricas disciplinares.

Más allá de las hormonas y el músculo  

Una de las consecuencias de todo ello es que el rendimiento deportivo no depende únicamente de la masa muscular, la fuerza o los niveles hormonales. El cuerpo es un sistema bio-psico-social que incluye historia de entrenamiento, salud mental, experiencias de estigma, acceso a recursos y características principales y estilos de movimiento específicos de cada disciplina.

Asimismo, hay voces que denuncian que a las mujeres, trans o no —caso de atletas como Caster Semenya, con una natural capacidad de producción de testosterona—, que cuentan con aptitudes excepcionales, se las somete a tratamientos para aminorar sus capacidades naturales. En el deporte de élite compiten individuos con capacidades fuera de lo habitual, pero la diferencia es que, a ellas, en general, se les colocan límites de rendimiento —techos de cristal deportivos— y se las "dopa" para que sean peores en el caso de que sobresalgan fuera de rangos femeninos preestablecidos, mientras que no recordamos casos similares en competición masculina. Usain Bolt nunca fue analizado por romper todas las marcas de velocidad ni tomó medicación para empeorar su rendimiento. Tampoco Michael Phelps en natación o jugadores de la NBA como Gheorghe Mureşan o Pavel Podkolzin.

Además, en el caso de las mujeres trans hay que empezar a romper con narrativas impuestas: todo el mundo asume que el tratamiento hormonal es algo que ellas desean para convertir su apariencia en más femenina, es decir, por motivos extradeportivos, pero al igual que hay atletas con todo tipo de vivencias, no hay un estándar de mujer, ni siquiera de mujer trans, por lo que hay quien tiene una buena vivencia de sí misma sin tomar hormonación. Una mujer así no tiene hoy en día ninguna vía de entrada a la competición deportiva superior.

Y, por si alguien no se había percatado, los que nunca aparecen en estas discusiones son ellos, los chicos trans: ni están ni se les espera. Y, en todo caso, si alguien los imagina, los colocará como perdedores sistemáticos ante el relato de las supuestas mejores capacidades musculares de sus compañeros cis …excepto que, según el estudio de referencia, no podemos suponer que la masa magra por sí sola prediga mejores resultados.

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El error de tratar todos los deportes como si fueran halterofilia  

Buena parte del debate público asume que mayor masa muscular implica ventaja per se. Pero muchos deportes dependen sobre todo de factores técnico-tácticos, flexibilidad, precisión, control postural, anticipación o economía de gesto. Eso ocurre en disciplinas como gimnasia, tiro con arco, esgrima, orientación, vela, patinaje artístico, y en deportes de combate con categorías de peso -donde las diferencias absolutas de masa son mitigadas organizando competiciones entre atletas en un rango de peso similar.

Por tanto, no todos los deportes son sensibles a los mismos determinantes fisiológicos, y la solución no puede ser uniforme.

Hacia una arquitectura deportiva más justa  

A partir de la evidencia, y dejando claro que estamos en un momento histórico en el que el deporte de las mujeres no puede ni debe desaparecer —al contrario, falta mucho camino para que adquiera la visibilidad y el prestigio laboral, económico y social que el deporte de los hombres sí suele tener—, ni la exclusión sistemática ni la ausencia total de regulación son posturas defendibles.

Las soluciones pasarán, necesariamente, por el rigor y la creatividad a la hora de concebir categorías masculinas, femeninas, o nuevas categorizaciones que tengan en cuenta otros factores aparte del sexual. Hay soluciones híbridas que merecen atención, y que podrían ser combinables entre sí:

- Clasificaciones por peso o masa corporal en deportes donde la mecánica corporal lo justifica.

- Categorías mixtas con umbrales de seguridad en deportes de contacto, o en aquellos donde entren en juego otras capacidades más allá de la fuerza explosiva.

- Categorías abiertas para quienes superen rangos específicos por sexo o se identifiquen con esta opción con el fin de acabar con la exclusión binaria de personas que podrían tener futuros prometedores en el mundo deportivo.

- Perfiles de desempeño específicos por deporte, evaluando los indicadores reales que deciden victorias.

- Ventanas temporales de terapia hormonal combinadas con pruebas funcionales en ese tiempo, sobre todo en disciplinas donde la potencia aeróbica o la capacidad de fuerza máxima sí puedan importar, extendiendo la posibilidad de que, si no quieren pasar por hormonas, puedan tener la opción de entrar a una nueva categoría como por ejemplo, alguna de las anteriores.

Todas estas alternativas —y más que podría haber— parten de un principio: clasificar por función deportiva y no tanto por suposiciones sobre el sexo asignado. Porque ese es el verdadero problema, el ver los sexos como compartimentos estancos. Es decir, el clásico dimorfismo o binarismo de toda la vida. Y, por supuesto, la sociedad patriarcal que establece límites y que hace de menos a las mujeres y a quienes no entran en esos compartimentos, en este caso en lo deportivo.

La evidencia respalda esta dirección de categorizaciones híbridas, aunque también exige prudencia y revisiones periódicas.

Equidad competitiva y no discriminación: dos principios inseparables  

La gobernanza deportiva debe sostener dos objetivos simultáneos: garantizar la equidad y evitar la discriminación. Varios expertos advierten que los vetos generales no están justificados por la evidencia y que es necesario avanzar hacia políticas hacia el deporte específicas con métricas claras, auditoría independiente y evaluación periódica.

Además, ignorar el componente psicosocial — clase socioeconómica, estigma, estrés de minoría, clima competitivo hostil— no solo es injusto, sino que afecta directamente al rendimiento de las mujeres, de deportistas trans y de quien no entra en categorías que limitan la diversidad humana. La ciencia del deporte reconoce desde hace décadas la influencia de todas estas variables psicológicas en los resultados competitivos. Además, hay estudios que apuntan a la nutrición y otros aspectos socioeconómicos como más definitorios.

En lugar de discutir cuerpos, podemos discutir formatos competitivos. Y ese cambio, basado en ciencia y ética del cuidado, además de en la realidad, permitiría un deporte más justo, humano e inclusivo.


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