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Lectura perpetua

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06.01.2026

El pasado agosto, una astuta juez argentina condenó a leer El Principito a un desalmado que se negaba a pagar la cuota alimentaria de su hija discapacitada. Con esa inédita sentencia literaria, la magistrada buscaba que el sujeto reflexionara sobre valores fundamentales como la humanidad, la solidaridad y la responsabilidad suprema de cuidar a la familia. Al concluir, le fijó una fecha para que volviera al juzgado a rendir, en voz alta, su examen de conciencia.

Sin mediar sentencia alguna, durante el último semestre de 2025 mi esposa y yo empezamos a leerles novelas a nuestras hijas, de cinco y ocho años. Comenzamos con La llamada de lo salvaje, de Jack London. La edición es una rareza digna de colección: es cochabambina (¡!), impresa en 1997, financiada por Opinión, el LAB y la Alcaldía, a cargo de quién más sino de Manfred Reyes Villa —alcalde desde que yo tenía seis años—, cuya foto en la contratapa confundió a las pequeñas lectoras, que preguntaron si aquel señor de jopo, patillas y mostacho, con una banda celeste cruzando su fino traje, era el autor de la novela.

El Capitán, en un inesperado arranque de fervor bibliófilo, sentencia desde la contratapa que el libro es “la mejor esperanza del hombre” y “lo más expresivo........

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