Iván Cepeda y yo
Tal vez mi primer recuerdo de Iván Cepeda está en el audiovisual, o incluso antes. Empieza con una imagen muy clara: mi madre, Patricia Tafur, llorando al enterarse del asesinato de Manuel Cepeda. Yo era demasiado joven para comprender lo que ocurría. Ella lo nombraba como un hombre valiente, un político fuerte e inteligente. Para mí, en cambio, era solo otra señal confusa de un país donde los asesinatos de líderes parecían no detenerse.
Años después, ya en la adolescencia, vi el documental El Baile Rojo. Me impactó la seriedad de un hombre que hablaba del asesinato de su padre mientras contenía, casi en silencio, el dolor que solo puede cargar un hijo. En ese momento algo encajó. Comprendí que las amenazas, la persecución y la paranoia que marcaron la vida de mis padres no eran exageraciones ni miedos heredados.
Mis padres, Patricia Tafur y Ricardo Márquez, como integrantes de la Unión Patriótica y líderes en su momento, fueron hostigados durante años. Entonces entendí por qué cambiábamos constantemente de casa, por qué tantas cosas no se decían. Pero también comprendí algo más: mientras afuera el país se desmoronaba, dentro de casa ellos se empeñaban en construir belleza. Nos hablaban de arte, de cine, de libros; inventaban momentos de risa y ligereza. Procuraban que la infancia no estuviera atravesada por el miedo. Con el tiempo pensé en La vida es bella: esa obstinación por proteger la mirada de los hijos aun cuando la realidad es brutal. El silencio no era solo precaución; también era una forma de cuidado en una Colombia donde asesinar dirigentes políticos era una práctica recurrente.
Ese fue mi primer encuentro con Iván Cepeda: a través de la memoria y del reconocimiento de una historia que también era la mía.
Tiempo después, ya estudiando en la universidad en Bogotá, solía caminar desde la calle 76 hasta mi casa en la 1ª Sur para ahorrar dinero. En algunas de esas caminatas me detenía en la Plaza de Bolívar. Sentado en las escaleras de la Catedral, cuando lo vi pasar. Me miró, sonrió y levantó la mano para saludar. Yo respondí con un leve gesto de cabeza, sorprendido. Nunca habíamos hablado de cerca, aunque habíamos coincidido en reuniones políticas. Conocía su trabajo con víctimas y siempre me había llamado la atención su serenidad.
Con el tiempo, esos encuentros casuales comenzaron a repetirse: en la Plaza, en reuniones, en la calle. No soy alguien que busque a los políticos para estrecharles la mano, pero cada vez que nos cruzábamos él saludaba, levantaba la mano, asentía. Sin palabras. Y, sin proponérselo, cada saludo reforzaba algo que ya sentía: respeto.
Cuando llegó al Congreso seguí observando su trabajo. En 2014 voté por él para el Senado. Me parecía coherente, firme, comprometido con causas que también atravesaban mi propia historia. Nunca imaginé que llegaría a ser candidato presidencial.
Al hablar de él con mis padres entendí que su figura no solo marcó a su generación, sino también a la mía. Para muchos jóvenes y adultos representa la búsqueda de justicia social, el deseo de reducir una desigualdad sostenida por décadas y la esperanza de un país menos controlado por unas pocas élites.
Hoy puedo decir que mi apoyo a Iván Cepeda no nace de la coyuntura, sino de la memoria. De una historia familiar atravesada por la violencia política, del reconocimiento de una lucha sostenida por la dignidad y de la convicción de que la paz no es una consigna, sino un proceso que exige persistencia, coherencia y tiempo.
