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La caravana no se detiene

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Al leer La caravana sigue (Plural, 2026), las memorias de Gustavo Fernández Saavedra, me he sentido interpelado de varias maneras por la seductora caravana de su vida, una que no termina todavía porque el desierto es ancho y ajeno, y la obra demuestra que a veces —en esa inmensa planicie de horizonte circular y remoto— las decisiones que uno toma lo llevan a modificar el camino y recorrer huellas que no eran inicialmente visibles. La vida de Gustavo es atractiva por su actuación en episodios históricos que a él mismo lo sorprendieron: la reunión de la OEA en la Paz (1979) o el secuestro del presidente Siles Zuazo (1984). Estuvo en momentos clave de nuestra historia contemporánea y protagonizó eventos que marcaron al país. Para decirlo científicamente: tuvo una tremenda chiripa de estar en el momento preciso y en el lugar preciso. 

Toto (para los amigos y algunos enemigos despistados) es unos años mayor, pero cuando llegamos a estas edades las distancias se anulan, sobre todo porque cuatro o cinco décadas atrás hemos vivido los mismos eventos desde lugares diferentes: yo desde la calle “feliz e indocumentado” (para citar a García Márquez), y él en posiciones de poder. 

Me sorprendió constatar cómo, a medida que avanzaba en el relato de su incursión en la vida pública, iba yo reconociendo el terreno, redescubriendo a personajes y acontecimientos que menciona, que marcaron su vida, la mía también y la de los amigos generacionales. Disfruté cuando aparecía en el relato el nombre de algún personaje cuya amistad compartimos sin saberlo: Héctor Cossío Salinas, Margaret Anstee, Pedro Mercader, Leopoldo Tettamanti, etc. Esto creó en mí, como lector, una complicidad gustosa porque me sentí incluido en el mundo de este cochabambino que supo transitar por los caminos de la vida pública y hacerlo siempre guiado por un sentido de ética y de compromiso con el país.

Toto pudo —en varios momentos de su vida— jubilarse como eterno funcionario internacional y dejar atrás a este país que ha sido tan ingrato con su mejor gente. Sin embargo, volvió una y otra vez para trabajar en altos puestos de la función pública que le permitían contribuir con su pensamiento y acción, y........

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