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Relato incompleto de lo incomprensible

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06.12.2019

Nacimos y crecimos en un mundo que creíamos seguro. En la década de los 60, los recuerdos de la guerra se habían difuminado en la mayoría de las familias. Se hablaba poco de una época trágica que perturbó de manera irreversible la vida de nuestros padres y abuelos. Ni la victoria fue tan gloriosa ni la derrota fue lo bastante épica como para ser narradas. Un pacto implícito de silencio desaconsejaba la transmisión de aquel vergonzoso trance a los más pequeños. Nacimos cuando la economía empezaba a despegar, el hambre a retroceder y el futuro comenzaba a tintarse de color, aunque no estuviera exento de dificultades e incertidumbre.

Vivíamos en una dictadura que dejaba un margen de libertad mínimo aceptable para la mayoría. Todo ello era compatible con incubar la esperanza de una rebelión que nos devolviera derechos y libertad.

Vivíamos seguros. Podíamos corretear desde niños por el barrio sin temor a ser raptados o víctimas de abusos.

La escuela era con frecuencia excesivamente severa y el castigo físico no estaba excluido. Pero en aquel entonces aquello se consideraba admisible y el viejo refranero venía a socorrer a los maestros que se entregaban con más severidad: “La letra con sangre entra”, “Quien bien te quiera te hará llorar”, etc. El castigo físico escolar, para la mayoría, no supuso más que algún incidente desagradable pasajero. En algunos casos, sin embargo, de cebó de manera sistemática, generando traumas profundos y duraderos. Pero también aquello se consideraba parte de la normalidad. Había algunos buenos estudiantes, muchos correctos y unos pocos para los que la escuela fue un calvario. Aquel reparto de roles y suerte se consideraba inevitable, como si una ley estadística de los grandes números obligara a unos pocos al sufrimiento.

Cada casa tenía sus dramas. Pero los trapos sucios se lavaban en el fregadero.

La prensa era escueta y entraba poco en asuntos sociales delicados.........

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