Timos que parecen inocentadas
Los timos son uno de las variantes de estafa. Un delito contemplado en el artículo 248.1 del Código Penal que se basa en la avaricia del timado, conocida en el argot como julay, lila o primo, al que se le hace creer que va a ganar una importante cantidad de dinero u obtener un anhelado deseo.
Cada época ha tenido sus timos. El “Patio de Monipodio” está en constante evolución en sus formas y, aunque sus asiduos nunca leyeron El Satiricón de Petronio, obedecían sus dictados: Mundus vult decipi; ergo decipiatur. El mundo quiere que se le engañe, pues engañémosle.
En el siglo XVI se dedicaban a la venta de restos mortuorios como reliquias milagrosas de mártires o al abono de rescates a un intermediario de los piratas berberiscos, en la corte del rey Barbarroja, para obtener la libertad de los prisioneros cristianos. En la época del desarrollismo del pasado siglo eran billetes de curso legal –la estampita– o décimos de lotería premiados –el tocomocho–, popularizados por el cine español de finales de los cincuenta, con el final feliz y ejemplarizante que marcaban los cánones del momento.
Una variante del tocomocho la protagonizaría en 1951 un lotero sevillano que imprimió y vendió un número de participaciones de lotería del número 2704, muy superior a las que respaldaban los décimos que realmente tenía en su administración, con tan mala fortuna que resultó premiado y se descubrió el pastel. El timo le supuso una condena de 22 años y, a........© Noticias de Gipuzkoa
