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El hombre que petrificaba cadáveres

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20.01.2019

Francia, verano de 1885. Jean-Baptiste Vincent Laborde espera ansioso a las puertas de un cementerio. La ley obliga a que antes de que un cadáver sea donado a la ciencia se escenifique un enterramiento cristiano. Para Laborde es crucial ahorrar tiempo. Ha creado un laboratorio portátil montado en un carromato en el que hay una camilla, linternas, material quirúrgico. En el país que vio nacer la guillotina, este médico llevaba un año intentando demostrar que los ajusticiados seguían conscientes después de la decapitación. En cuanto llegan los restos del condenado a muerte, cedido por las autoridades, Laborde toma su cabeza, salta al carro, perfora el cráneo y aplica corrientes eléctricas al cerebro. La cara comienza a gesticular y, por fin, abre un ojo.

Varias décadas más tarde, Gabriel Beaurieux, otro médico francés, asistió a un guillotinamiento. Segundos después el doctor levantó la cabeza de la cesta y gritó el nombre del ajusticiado. Los ojos se abrieron y volvieron a cerrarse. El médico llamó una segunda vez. Y de nuevo el muerto abrió los ojos.

Laborde y Beaurieux explicaron sus experimentos en publicaciones de la época, pero nunca consiguieron demostrar su hipótesis. La guillotina se dejó de usar en 1977. La historia de ambos médicos ha sido recogida ahora en El científico loco. Una historia de la investigación en los límites (Alianza), que se publica el 30 de enero. Se trata de un compendio de investigadores reales que persiguiendo una fuerte convicción y movidos por el ansia de conocimiento se enfrentaron al pensamiento dominante de la época e incluso realizaron experimentos que en la actualidad podrían haberles llevado a la cárcel.

“La época dorada de los científicos locos va, típicamente, de los primeros años del [siglo] XIX a mediados del........

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