¡Ave, Marisú purísima!
¡Ave, Marisú purísima!
Es una crueldad de fariseo disfrazada de maternalismo estatal. Ella exige gratitud. Baja a los barrios como quien baja a una fosa de leprosos fiscales.
Se detuvieron los cronómetros de la productividad en la Puerta de la Carne. El Guadalquivir, que ya bajaba con aires de arrogancia presupuestaria y un caudal de deuda flotante, pareció contener el aliento ante el acontecimiento antropológico de la década. No era una candidata la que asomaba por Despeñaperros; era una Teofanía de Estado. María Jesús Montero, la 'ministra más poderosa de la democracia' —según sus propias hagiografías y las actas de un Consejo de Ministros convertido en sucursal del esperpento—, iniciaba su descenso a los infiernos de la política autonómica con la majestuosidad displicente de una deidad que se digna a pisar el albero para explicarle a los mortales por qué su asfixia tributaria es, en realidad, 'resiliencia inclusiva' y un honor para sus víctimas.
El despliegue no fue un mitin, sino una suerte de procesión laica de la hipertrofia administrativa. Bajó del coche oficial con esa sonrisa que oscila entre la caricia de una funcionaria de prisiones y el aviso de embargo preventivo. Envuelta en un traje de un rojo institucional tan estridente que hería la retina, Marisú no portaba un programa electoral; para la 'Faraona del Gasto', la gestión no es una propuesta, es una extravagancia. Llevaba en la mano un fajo de folios con el sello de la AEAT, como quien porta las Tablas de la Ley recién bajadas del Sinaí de la calle de Alcalá para iluminar a una Andalucía que, a su juicio, es incapaz de respirar sin el oxígeno de su bota........
