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La libertad en el siglo XXI

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06.01.2026

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Poner a discusión cuáles son los retos que enfrenta la libertad humana en el primer cuarto del siglo XXI no es cosa menor. Vivimos en una época de desencanto frente a los grandes discursos; somos testigos de las transformaciones radicales que acontecen a nivel económico, geopolítico y tecnológico a lo largo del globo; nos preguntamos si acaso la lucha necesaria por los derechos de las minorías puede mostrar también una sombra autoritaria. Diversos pensadores y críticos, de distintas procedencias, se reunieron durante cuatro días a sostener un diálogo plural con el propósito de aquilatar los retos del mundo actual y compartir cuáles son las mayores interrogantes que permean el trabajo intelectual en estos tiempos. Presentamos una selección de sus intervenciones.

Los enemigos del liberalismo“: Ian Buruma, David Frum, Mark Lilla y Jesús Silva-Herzog Márquez. Moderada por Sergio Sarmiento.

“La crisis de los valores liberales”: Paul Berman, José Ramón Cossío, José María Lassalle y Celeste Marcus. Moderada por León Krauze.

Sergio Sarmiento (moderador): Hemos estado hablando de todos los héroes del liberalismo. Empecemos a hablar de sus villanos, de aquellas personas que creen que su deber es impedir la libertad, impedir que las personas ejerzan la libertad, la libertad económica, la libertad personal, las libertades sociales. Me gustaría empezar conversando con Ian Buruma. Has investigado mucho sobre los autócratas en diversas partes del mundo, incluida Asia. Y has advertido la necesidad de mirar históricamente a estos villanos, a estos autócratas, para intentar comprenderlos a cabalidad.

Ian Buruma: Podríamos hablar de los malos y podemos sentirnos bien denunciándolos, pero no sería muy interesante. Creo que la mayoría estamos de acuerdo en que Donald Trump no es nada bueno. Pero algo que hace interesantes a algunos de estos malos es que fingen tener buenas intenciones y pretenden defender cosas buenas. Por ejemplo, el malo en mi país natal, los Países Bajos, Geert Wilders, es un demagogo muy exitoso. Su plataforma es en gran medida antimusulmana: se ha pronunciado contra los inmigrantes en general y contra los musulmanes en particular. Y siempre ha expresado su populismo de derecha en términos de proteger los valores liberales, proteger la igualdad de género, proteger todas las maravillosas cosas liberales que hay que defender contra estos terribles inmigrantes musulmanes. Así que lo que en realidad es una política intolerante, nacionalista, demagógica y antiinmigrante se disfraza con expresiones con las que la mayoría de los liberales probablemente estaríamos de acuerdo. Y esto hace que algunos de estos villanos sean un poco más interesantes como fenómeno, ya que no siempre han estado necesariamente a favor de las cosas malas.

Ahora bien, lo que realmente quería decir es cómo hemos llegado a este punto, y creo que hay razones políticas reales para ello. Se remonta a 1990, el año del primer Encuentro Vuelta, cuando todavía teníamos esperanzas y todo eso. Creo que la Guerra Fría fue buena en cierto sentido: Europa y Estados Unidos necesitaban alguna forma de socialdemocracia –o como se le quiera llamar–, alguna política más o menos igualitaria por parte de los liberales de centro-izquierda, para tener un modelo contrario al soviético, que había sido popular o atractivo para los intelectuales europeos a finales de los años cuarenta y cincuenta. Así que eso era necesario. Esa necesidad se evaporó en ese periodo esperanzador que hubo tras la caída del Muro de Berlín. Y lo que se obtuvo entonces en muchos países europeos –aunque también quizás en la India y en Estados Unidos– es que la socialdemocracia se volvió innecesaria. Se llegó a un nuevo consenso con gobiernos de coalición en donde participaban partidos conservadores, liberales clásicos en el sentido europeo y partidos liberales de izquierda, todos ellos más o menos a favor de las mismas cosas: la globalización, la inmigración. En este último punto, la izquierda estaba a favor del multiculturalismo y el antirracismo y la derecha porque era mano de obra barata. Y eso era tan cierto para George W. Bush y los republicanos como para los partidos conservadores de Europa.

Esto significaba que la gente no solo se sentía abandonada materialmente, sino también realmente en el abandono porque ya no estaba representada. Se tenía el mismo gobierno con las mismas coaliciones, con el mismo tipo de consenso posterior a la caída del Muro de Berlín, que hacía que cada vez más personas sintieran que no había nadie que hablara por ellas. A esto se suma otro aspecto del nuevo orden mundial posterior a 1990, como lo llamó Bush padre, que también tenía muchas buenas intenciones. No era realmente una forma nueva, sino una forma de arrogancia estadounidense que consideraba que era bueno utilizar el poder estadounidense para democratizar el mundo.

Democratizar el mundo es algo bueno. Pero las guerras napoleónicas, en general, no lo son. Y no creo que sea en vano que los estadounidenses y los franceses tiendan a considerar que sus propios sistemas posrevolucionarios son universalistas, que representan valores universales. Los franceses lo piensan, los estadounidenses lo piensan, los italianos o los ingleses y los alemanes tienden a no pensar así, pero los estadounidenses lo hacen por buenas razones y buenos principios.

Los principios franceses también son buenos. Tienes la igualdad, la libertad, la fraternidad. ¿Quién está en contra de eso? Pero cuando Napoleón empezó a imponer esos maravillosos objetivos por la fuerza a otros países de Europa, en general, no acabó bien. Liberó a los judíos de los guetos. Estaba el Código Napoleónico. Eran cosas buenas. Pero también provocó una reacción extremadamente peligrosa y condujo a acontecimientos que terminaron por ser letales.

Y creo que la idea de que, por defender valores universales, Estados Unidos deba imponer esos valores con fuerza militar es una idea mala. Y condujo al “America First”. En muchos sentidos, condujo a la idea de que se enviara a chicos pobres a luchar en guerras en países de los que nunca habían oído hablar. Estaban hartos cuando llegó Trump y dijo: “Hablo en tu nombre, no más guerras. Hablo en tu nombre, se acabaron las élites liberales que te dicen cómo vivir y qué hacer, esto es lo que defendemos ahora.” Y eso es, en pocas palabras, por lo que creo que estamos en tantos problemas.

Jesús Silva-Herzog Márquez: Creo que la observación de Ian Buruma es extremadamente importante para intentar salir de la idea autocomplaciente de señalar a los malos y tratar de comprender cómo estos personajes autocráticos son, en cierto modo, un reflejo de nuestra época. ¿Qué los ha hecho tan poderosos, tan populares? ¿Cómo podemos comprender sus fuentes de legitimidad?

Y creo que eso nos lleva a fijarnos en la época anterior. Cuando pensamos en el encuentro que organizó Octavio Paz, justo después de la caída del Muro de Berlín, vemos que era un ambiente bastante optimista. Ahora nos encontramos en una época sombría en la que el liberalismo está en retroceso.

Pero creo que lo más importante que hay que debatir para comprender las nuevas estructuras autocráticas son las fuentes de ese régimen autocrático, y tenemos que criticar la era liberal, porque cuando intentamos comprender la fuerza de las autocracias populares, debemos intentar comprender que teníamos una democracia que no ofrecía alternativas sólidas, que era básicamente una democracia consensuada que no demostraba que fuera realmente significativo votar por una u otra opción.

También era una democracia que parecía impotente, sin poder real para cambiar las cosas, para cambiar las vidas, el sustento de los ciudadanos. Y también era una democracia remota. Así que el populismo autocrático es, en cierto modo, la respuesta, yo diría que la respuesta a una denuncia muy precisa de los problemas de la democracia liberal en la era anterior, la noción de que podría haber un espejo de la sociedad, un caudillo que fuera la encarnación de las pasiones y emociones del pueblo, que fuera una estructura decisiva que eliminara todos estos obstáculos de lo que Fukuyama llama la “vetocracia” de la........

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