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El público, el espectador, la escritura

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09.01.2026

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La idea es más o menos esta: un lector es buena cosa, treinta millones de lectores son un problema. Si uno espía a una lectora, uno puede llegar a admirar algo bello: un cuerpo tendido en una tumbona, un rostro apacible, atención extrema. Ahora: si uno multiplica una y otra y otra vez esa imagen, la escena adquiere cierto tono monstruoso –demasiados libros, demasiados consumidores. ¿Cómo satisfacer a tantos lectores? ¿Para qué escribir tantas obras? ¿De qué modo mantener a la literatura ajena a la lógica del mercado cuando el mercado crece y demanda y es multimillonario?

Además: los árboles talados, las pilas de basura, el hedor.

 

 

Hablamos de millones, decenas de millones de lectores. Que medio mundo esté hoy semialfabetizado es parte del asunto. Que la publicidad y las cadenas comerciales acerquen, como nunca antes, los libros a los consumidores es, también, parte del asunto. Pero la clave es, quizá, el tiempo libre: el ocio, antes propio de la aristocracia, es cada vez más democrático (por lo mismo más inocuo) y son muchedumbre los individuos que demandan, para saturar sus horas, entretenimiento y espectáculos. Hablamos, también, de una industria editorial dispuesta a complacerlos. El comercio de libros ha existido desde hace siglos; la novedad es el tamaño del negocio: tantos volúmenes, tantos consumidores, la velocidad con que se les consiente. Para satisfacer la numerosa demanda, las grandes editoriales no han dudado en fundirse con el sistema financiero y la industria del entretenimiento. Para competir con las demás corporaciones, han afinado el proceso que Theodor Adorno advertía hace tiempo: “Los productos culturales de la industria de la cultura ya no son también mercancías, sino mercancías de principio a fin.” Para vender copiosamente, ofrecen ante todo lo que se les exige: diversión efímera, un buen rato, un pobre espectáculo literario. También de eso hablamos.

La buena nota es que ahora, mientras hablamos, muchos de esos millones de lectores se topan con una obra formidable y algo, en alguna parte, se enciende. También bueno es que la democratización de la lectura ha supuesto la desacralización del libro y de los corros intelectuales. ¿Para qué lamentar que el libro sea un objeto de consumo masivo y que los santones intelectuales a que nos acostumbró el siglo XX estén por extinguirse si se puede vivir sin fetiches y paladines? Mejor todavía: la multiplicación de los lectores supone, puede suponer, la llegada de los bárbaros a una sofocada ciudad literaria. Por lo pronto esos bárbaros –lectores ocasionales, ajenos a la tradición literaria– han sido poco salvajes: se entretienen fácilmente, el costumbrismo y los subgéneros literarios parecen bastarles. Pero podría ser de otro modo: los más radicales podrían abrir un boquete y ventilarlo todo.

La mala nota es que esos radicales son pocos y poco significativos. También son escasos los buenos lectores. Aunque se ha multiplicado exponencialmente el número de personas que consumen libros, no puede decirse que hoy se lea mejor –es decir: con más potencia y originalidad– que antes. Más bien lo contrario: prevalece en todas partes la lectura distraída de una literatura de entretenimiento. Como ha mostrado Fernando Escalante Gonzalbo en A la sombra de los libros, han crecido los lectores ocasionales, no los habituales (aquellos que consumen un libro de vez en vez, casi siempre novedades, y no los que viven leyendo). Crecido en número y peso: son muchos y significan cada vez más en la discusión pública. Antes eran mayoría pero apenas si importaban; era la minoría de lectores profesionales la que marcaba el tono del debate. Ahora apenas si hay debate literario: entre tantos, y tan dispersos, la discusión de obras y poéticas es difícil. Cosa de tamaños: antes, una comunidad de lectores; ahora, un público. El público literario.

 

 

El conocido lamento de Salvador Elizondo, por ejemplo: ahora los libros se escriben para ser leídos y no porque deban ser escritos. La creciente sospecha: son los lectores los que señalan qué debe ser escrito y no los libros los que crean a sus propios lectores. Porque ese es el asunto: padecemos una tiranía, y no es el escritor el que gobierna. El público avasalla y obliga. El público demanda cierta literatura y la industria editorial se la provee. No habría problema si el público se entretuviera, como antes, con best-sellers y demás libros de entretenimiento. Pero hay problemas: demandan más,........

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