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Más, antes, para más personas, más rápido

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18.01.2026

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“¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde”, exclama el Conejo Blanco, extrae un reloj del bolsillo, lo observa, echa a correr. Un siglo y medio después de que comenzase a hacerlo –en cierto libro publicado en 1865 cuyo título es Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas–, no mucho parece haber cambiado, excepto en un aspecto fundamental: ahora, quienes corremos somos nosotros. “Innovar el navío es ya innovar el náufrago; inventar la máquina de vapor y la locomotora es, además, inventar el descarrilamiento y la catástrofe ferroviaria”, observó sagazmente el filósofo francés Paul Virilio; para él, las innovaciones introducidas en el marco de la Revolución Industrial –definida por W. C. Sellar y R. J. Yeatman en 1066 and all that como “el descubrimiento hecho por todos los hombres ricos de Inglaterra al mismo tiempo de que niños y mujeres podían trabajar en las fábricas veinticinco horas al día sin que murieran en exceso”– contribuyeron a una aceleración de los intercambios (no solo materiales) entre las personas que, bajo “la ilusión de una velocidad liberadora”, produjo una rearticulación de la relación entre poder y riqueza, entendida esta última como “inseparable” de la velocidad de circulación de aquello que la conforma. En las promesas hechas de la Revolución Industrial en adelante –más, antes, para más personas, más rápido– se encontraba agazapado el accidente: el desplazamiento del campo a la ciudad, la transformación del campesino en proletario y el consiguiente aumento de la conflictividad social, el de la desigualdad, la proliferación nuclear, la sustitución de lo político por las fuerzas del mercado, el estado de excepción permanente, la volatilidad de las fronteras, la transformación del conflicto local en problema global, el agotamiento de los recursos naturales, la desaparición de numerosas prácticas y oficios, la precarización laboral, el desplazamiento de la producción a países de mayor rentabilidad debido a la pervivencia en ellos del trabajo en condiciones de esclavitud, el adelgazamiento de la credibilidad periodística motivado por la imposibilidad de chequear una información y al mismo tiempo “darla antes” que la competencia. Para Virilio, los cambios introducidos por las nuevas tecnologías en nuestros hábitos de trabajo y de interacción con otros, en nuestras formas de desplazarnos y aun en nuestra percepción de lo real nos han puesto ya en una situación de “velocidad absoluta” y, por consiguiente, de “control absoluto. Hoy en día, hemos puesto en práctica los tres atributos de lo divino: la ubicuidad, la instantaneidad y la inmediatez; la visión total y el poder total. Los multimedia nos enfrentan a un problema: ¿podremos encontrar una democracia del tiempo real, del live, de la inmediatez y de la ubicuidad? No lo creo, y aquellos que se apresuran a afirmarlo no son muy serios”.

 

No todos están de acuerdo con este diagnóstico, por supuesto: surgido en la década de 1990, y bautizado con un término inventado por el escritor de ciencia ficción Roger Zelazny en 1967, en los últimos cinco años un grupo de intelectuales británicos que se hacen llamar “aceleracionistas” ha concitado el interés de la prensa alt-right al sostener que el problema no es que vayamos muy deprisa, sino demasiado lento. Como recuerdan Robin Mackay y Armen Avanessian en su prólogo a #Accelerate: The accelerationist reader (2014), para los integrantes del grupo, la innovación tecnológica y el capitalismo en su variante más agresiva deben ser acelerados en favor de una optimización de la especie humana; para ello proponen una mayor automatización de la economía, la desregulación de los mercados y el adelgazamiento de unas estructuras gubernamentales obsoletas y ya impotentes frente al avance tecnológico,1 el desdibujamiento de los límites entre lo real y la virtualidad electrónica y la integración de hombre y máquina mediante la implantación de gadgets informáticos en el cuerpo.

Pero el reclamo por parte de los aceleracionistas de incrementar la velocidad con la que se avanzaría hacia una cierta “optimización” del ser humano no es nuevo, y alcanza incluso nuestros hábitos de lectura. La década de 1950 –que vio romper la barrera del sonido, celebró la carrera armamentística y disfrutó de la aceleración del blues y su transformación en rock and roll, entre otros epifenómenos del deseo de que todo sucediera más rápidamente– asistió también al surgimiento de la así denominada “lectura veloz”, un conjunto de técnicas que comenzó a ser desarrollado por una maestra estadounidense llamada Evelyn Wood cuando en 1957 esta descubrió que conseguía leer más rápido si se ayudaba deslizando un dedo sobre el texto. Wood aseguraba poder conseguir que sus alumnos pasaran de leer doscientas cincuenta o trescientas palabras por minuto, la ratio más habitual en un adulto según los expertos, a hacerlo a una velocidad de mil quinientas a seis mil palabras en ese mismo periodo de tiempo, y muchas personas le creyeron: al fundar el primero de sus institutos de enseñanza en Washington en 1959, Wood había “tocado el nervio” de su época, que se enfrentaba a más y más cantidades de información escrita sin haber desarrollado todavía las tecnologías que permitirían su indexación, procesamiento y archivo en las décadas siguientes; cuando, algunos años después, John F. Kennedy afirmó que él también hacía “lectura veloz”, todo Estados Unidos se puso (por supuesto) a imitarlo, y desde entonces el fenómeno no ha hecho más que crecer.

“¿Por qué los relojes no pueden guardar secretos? Porque el tiempo siempre lo dirá”, reza el chiste. Algo más de medio siglo después de que Evelyn Wood adquiriese notoriedad y una considerable riqueza prometiendo a sus clientes que era posible leer más y más rápido, no solo no hemos ganado la batalla contra el tiempo, sino que (además) la hemos perdido miserablemente, ya que, al tiempo que nuestra velocidad de lectura no aumentaba de manera considerable, la producción de textos crecía de forma meteórica. Acerca de todo ello nadie ha hablado mejor que Gabriel Zaid, quien en Los demasiados libros (1972 y ss.) advertía ya de la desproporción evidente entre el crecimiento del número de títulos y el de lectores. “En medio siglo (de 1950 a 2000), la población mundial creció al 1.8% anual y la publicación mundial de libros al 2.8%”, escribe Zaid. “La humanidad publica un libro cada medio minuto. […] Si alguien lee un libro diario (cinco a la semana), deja de leer 4,000 publicados el mismo día. Sus libros no leídos aumentan 4,000 veces más que sus libros leídos. Su incultura, 4,000 veces más que su cultura.” “So many books! So little time! What to do?” se preguntaba John Henry Wright en 1891 en un........

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