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La victoria no llega por la fuerza, llega por la grieta

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En el año 490 antes de Cristo, el imperio persa llegó a las costas de Atenas con un ejército que hacía que cualquier resistencia pareciera absurda. Los atenienses eran menos, estaban peor equipados y enfrentaban a la potencia militar más formidable de su tiempo. Lo que ocurrió en la llanura de Maratón no solo cambió el resultado de una batalla: cambió la manera en que la civilización occidental entendió la relación entre el poder y la posibilidad. Los persas perdieron porque dejaron de creer que podían perder. Y esa convicción, esa certeza de que el desenlace era inevitable antes de que comenzara la lucha, resultó ser su mayor vulnerabilidad.

La historia humana está llena de esa misma paradoja. En Salamina, la flota griega atrajo a los persas hacia un estrecho donde la superioridad numérica dejó de importar, donde la inteligencia del terreno y el momento exacto valían más que la cantidad de barcos. En el puente de Stirling, William Wallace derrotó al ejército inglés utilizando precisamente eso: el terreno y la paciencia de quien sabe que no puede ganar en igualdad de condiciones y por tanto decide no pelear en igualdad de condiciones. En la Biblia, David no intentó vencer a Goliat en el tipo de combate donde Goliat era invencible. Eligió su distancia, eligió su momento y eligió su arma.

Lo que une todas estas historias no es que el débil se volviera poderoso. Es que el gigante dejó de creer que podía sangrar.

México se........

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