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Casa Rorty LXIX: Made in USA

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thursday

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En pocos países hemos estado tantas veces antes de visitarlo: los Estados Unidos de América llevan dos siglos proyectando su cultura al resto del mundo y el arte popular del siglo XX –del jazz al cine o los tebeos– lleva su marca. Es gracias a sus músicos, dibujantes, novelistas y cineastas que reconocemos cada rincón del vasto territorio estadounidense; si a eso se suma su liderazgo económico, militar y tecnológico se entiende la resonancia global del 250 aniversario de su Declaración de Independencia. Que los festejos correspondientes hayan coincidido con la segunda presidencia de Donald Trump ha permitido a los comentaristas de medio mundo subrayar –no hay mal que por bien no venga– las tensiones inherentes a una república convertida en imperio donde el etnocentrismo protestante choca una y otra vez con la realidad de una sociedad diversa desde su misma fundación.

A nadie sorprenderá entonces que el discurso del 4 de julio de Donald Trump se caracterizase por ese triunfalismo excepcionalista que permea el nacionalismo estadounidense; y lo hace tanto en su versión conservadora como en su versión progresista. Henry Gibson lo resume bien en 200 years, la canción que su personaje –un célebre cantante country– interpreta en Nashville, película que Robert Altman estrena cuando el país se preparaba para celebrar –en un clima político menos complaciente– el bicentenario de la independencia:

La familia de mi madre vino en barco

Y combatió en Bunker Hill

Mi papá perdió una pierna en Francia

Aún conservo su medalla

Mi hermano sirvió con Patton

Yo entré en acción en Argelia

Algo debemos estar haciendo bien

Hoy son ya 250 y se diría que los intentos de Obama por introducir matices en el relato nacional fueron infructuosos; la historia épica de los Estados Unidos es refractaria a unos matices que habrán de introducir intelectuales, académicos y artistas. Pero no puede decirse que los estadounidenses sean muy diferentes al resto; pensemos en las dificultades que encuentra Francia para acomodar la guerra de Argelia o el régimen de Vichy en su propio relato nacional o la facilidad con la que los españoles se convencen de que Franco era dictador contra la voluntad de una gran mayoría silenciosa. Ocurre que la potencia estadounidense ha producido tal cantidad de historia, dentro y fuera de sus fronteras, que lo que diga de sí misma nos resulta más interesante que lo que puedan decir –un suponer– Malta o Filipinas. De hecho, cabe suponer que los propios estadounidenses necesitan simplificar su historia a fin de poder asimilarla, lo que en su caso difícilmente puede hacerse sin incurrir en toda clase de adulteraciones y contradicciones.

La primera de ellas concierne al contraste entre la Declaración de Independencia de 1776 y la Constitución ratificada en 1789. Así lo ha señalado en las páginas del Financial Times el politólogo Francis Fukuyama, quien no está de acuerdo con quienes señalan que las ideas expresadas en la Declaración crearon la nación estadounidense. Así como la declaración pergeñada por Thomas Jefferson y retocada decisivamente por algunos de sus colegas declaraba la esencial igualdad de los seres humanos –creados por un Dios cristiano al que todavía se recurría para justificar los derechos naturales– y el principio general del gobierno consentido por el pueblo, la Constitución ratificada trece años después no hace mención explícita de la igualdad ni de la democracia. Y resulta que en el complejo sistema de separación de poderes allí previsto con el fin de evitar una tiranía centralizada similar a la ejercida por los monarcas absolutistas, el diseño federal garantizaba los derechos de unos estados entre los que se encontraban aquellos que perpetuaron la esclavitud hasta que la cruenta guerra civil acabó formalmente con ella… si bien hubo que esperar a la década de los sesenta del siglo XX para que los derechos civiles de los negros empezasen a materializarse en el sur del país.

Para Fukuyama, el contraste entre la Declaración de Independencia de 1776 y la Constitución de 1789 marca la historia estadounidense: la primera arroja una sombra sobre la segunda y no digamos ya sobre eso que los constitucionalistas denominan “constitución material” o realidad social del país. Si a la discriminación racial de los negros sumamos –sin abandonar lo que hoy es territorio estadounidense– la violencia infligida a los nativos estadounidenses, que tras un conjunto de guerras regionales terminaron legalmente expulsados de sus tierras o confinados en reservas, así como una expansión militar de las fronteras que perjudicó gravemente los intereses de los mexicanos, comprobaremos que las nobles palabras de la Declaración de Independencia no fueron obstáculo para que la joven república estadounidense persiguiera lo que luego se denominaría su “destino manifiesto” y se desempeñase con una agresividad poco edificante.

No se trata con ello de hacer presentismo, exigiendo al mundo de anteayer que comulgue con los valores morales de ahora mismo, sino más bien de señalar que los ideales de la Ilustración que........

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