Lizalde, rosas y tigres/ 3
Nombre de usuario o dirección de correo
Contraseña
Recuérdame
En los primeros años cincuenta del siglo XX el poeta veinteañero Eduardo Lizalde, con sus tres principales, emulativas y trompeteadas vocaciones: ser un nuevo Titta Ruffo, un nuevo Miguel Ángel y un nuevo Góngora, no tenía más militancia que la del poeticismo practicado con sus cofrades Enrique González Rojo, Marco Antonio Montes de Oca, Arturo González Cosío, quizá Rosa María Phillips (¿ya esposa de Eduardo?). La aventura casi secretamente revolucionaria contaba con el benévolo padrinazgo del veterano poeta Enrique González Martínez, con el sarcástico regocijo del coetáneo Rubén Bonifaz Nuño y con el apoyo amistoso y crítico del lateral pero muy próximo Salvador Elizondo Jr. que, incidentalmente sea dicho, se iniciaría como poeta impreso con un primer librito de 1960 y de edición de autor, titulado escueta y soberbiamente Poemas [sobre el cual, en el suplemento dominical México en la Cultura, del periódico Novedades, escribí una reseña titulada “Salvador Elizondo: de la poesía secreta”]. Mucho más tarde, Eduardo, en el capítulo “El laberinto mecánico” de ese mero esbozo, ese apenas adelanto de una autobiografía intelectual que es su Autobiografía de un fracaso: el poeticismo (1981), describiría así el intento de nada menos que una especie de ¡oh!, ciencia de la poesía, en un tono de confesión complacidamente irónica y autoagresiva:
“El poeticismo era, más que........
