La historia como conversación
Nombre de usuario o dirección de correo
Contraseña
Recuérdame
Pueblo en vilo es más que un libro de historia; quizá se defina mejor como novela verídica, término con el que su autor gustaba distinguir a los contados trabajos de historiografía que, en vez de abundar en párrafos insípidos, prefieren cultivar la buena prosa. Esencialmente, Luis González y González era escritor y ejerció con maestría el oficio de historiar –ya en el aula o en sus libros. Entrañable y paciente, don Luis fue un maestro en medio de muchos profesores y, como bien lo ha señalado uno de sus discípulos, su deber como historiador “se reducía a una palabra noble y hermosa, la forma más alta del amor intelectual: la comprensión”. Luis González y González expuso en no pocas ocasiones y varias ediciones publicadas una sincera y apuntalada Invitación a la microhistoria: rescatar de la noche de los tiempos la memoria de pueblos e individuos normalmente condenados a la amnesia; viajar al pretérito de los espacios que no necesariamente aparecen en los mapas y fijar la lente en las vidas cotidianas, las que no buscan el mármol de los monumentos. El trasfondo de su particular vocación microhistórica transpiraba un ánimo contrario al de los historiadores de bronce, que memorizan fechas precisas de batallas en abono de un cívico fervor por levantar estatuas. Se trata de equilibrar el microscopio del historiador con el telescopio que ubica los hechos de un todo, pero por partes. En ese sentido, don Luis superaba los vastos confines de los archivos en una aventura minuciosa que no solo se concentraba en viejos papeles amarillentos, sino en el recorrido personal y conversado con las huellas aún presentes de lo consignado en historiografías. Una suerte de arqueología andante que, habiendo leído cartas y documentos, se atreve a conocer el lugar de los hechos. El resultado innovador fue poner en claro que tras los anales de la historia patria se pliegan en nuestra memoria las muchas bitácoras de historia matria; más allá de todo lo que se memorizaba en las escuelas estaban las historias y los recuerdos con los que se manchaban los manteles de la sobremesa familiar. Al hacerlo, no sin reacciones en contra, don Luis abrió los caminos para una larga nómina de obras que han enriquecido la historiografía no con la glorificación de lo obvio o el enésimo subrayado de lo ya visto, sino con insólitos y desconocidos paisajes.
Antes de publicar sus muchas invitaciones a la microhistoria, don Luis decidió poner en práctica su postura e invertir el........
