El malestar en las sociedades liberales
Nombre de usuario o dirección de correo
Contraseña
Recuérdame
El encuentro La libertad de Vuelta, celebrado en El Colegio Nacional de México y auspiciado por Open Society Foundations en noviembre, reunió a algunos de los intelectuales más destacados en el debate contemporáneo sobre el liberalismo. El ensayista Mark Lilla, el exeditor literario de The New Republic y director de la revista Liberties Leon Wieseltier, el escritor y editor Ian Buruma y el analista Ivan Krastev, moderados por el historiador, ensayista y director de Letras Libres Enrique Krauze, participaron en una discusión sobre el malestar en las sociedades liberales. El propósito era analizar las raíces de la desafección ciudadana y los desafíos culturales, políticos y tecnológicos que enfrentan las democracias contemporáneas.
Enrique Krauze: Me gustaría organizar esta discusión planteándoles primero una pregunta amplia. Después, quisiera que nos centráramos en lo que cada uno de ustedes ha hecho y escrito, porque aquí tenemos a personas que han escrito libros y dedicado sus vidas a trabajos intelectuales serios. La pregunta general es la del título de este panel. Las causas principales de lo que está ocurriendo con el problema central del liberalismo en nuestro mundo, ¿son fundamentalmente económicas, tecnológicas, culturales, religiosas?
Mark Lilla: Sería útil distinguir la insatisfacción de la gente con el orden actual a causa del fracaso del Estado como tal y de la que se produce por un fracaso específico del liberalismo. Porque ser liberal suele implicar ser un liberal que se flagela a sí mismo. Cuando la gente está descontenta con el liberalismo, nos preguntamos: ¿cómo les ha fallado el liberalismo? ¿Cómo no estamos cumpliendo sus expectativas? Me gustaría darle la vuelta a esa pregunta y simplemente preguntar: ¿qué le pasa a la gente? No solo qué le pasa al liberalismo, sino qué les pasa a las poblaciones en general que están dándole la espalda al sistema.
En los años cincuenta hubo una huelga y una rebelión obrera en Alemania del Este que fue reprimida violentamente por el gobierno socialista. El dramaturgo y poeta Bertolt Brecht escribió un famoso poema sugiriendo que quizá el gobierno debería plantearse despedir al pueblo y elegir uno nuevo. He compartido mucho ese sentimiento en la última década, al ver lo que ha ocurrido en Estados Unidos y en otros países afectados por el populismo, por el auge de pasiones reaccionarias y corrientes de pensamiento –y de gritos– que parecen haber salido de las alcantarillas de repente, a menudo con ecos del pasado.
La pregunta en la que quiero pensar es por qué ya no producimos liberales, o por qué producimos cada vez menos personas que comparten los valores liberales, que entienden lo que es ser ciudadano, que poseen las virtudes, hábitos y expectativas necesarias para un orden político liberal. Algo, me parece, se ha roto. Una parte puede ser algo bastante reciente. Incluso si hablamos del efecto del covid, que sin duda pudo intensificar muchas de las tendencias que me preocupan, no puedo evitar sentir que vivimos con una máquina diseñada para deshacer al ciudadano liberal: el teléfono móvil.
La deliberación liberal no consiste solo en expresar una opinión, votar y que los funcionarios electos implementen un programa. También es un sistema de deliberación sobre el bien público. Y solo se puede tener un sistema deliberativo si la gente reconoce su valor y es capaz de participar en él. Muchas de las fuerzas de nuestras economías, nuestra cultura, nuestras tecnologías trabajan en contra de reforzar esas virtudes.
Después de la Segunda Guerra Mundial, en muchos países occidentales hubo una experiencia común que enseñaba por qué era necesario el liberalismo. Entonces tuvimos Estados liberales, y esos Estados liberales enseñaron a sus ciudadanos a ser liberales; la educación cívica importaba. Ahora ese vínculo se ha roto. Y no sé cómo se empieza de nuevo a crear ciudadanos liberales. No estoy seguro de que podamos hacerlo.
Quizá me ha tocado ser la persona más pesimista de la sala. Pero estoy muy inclinado a culpar a la víctima y a no tomarnos las críticas al liberalismo tan en serio como de costumbre. Como ha dicho Leon Wieseltier, debemos defender nuestros logros, estar orgullosos de ellos y no disculparnos por ellos. Y debemos encontrar otra manera de entender lo que está ocurriendo mientras la gente se aleja del orden liberal.
Leon Wieseltier: Creo que la oposición al liberalismo, el miedo al liberalismo, el momento posliberal y los pensadores posliberales… todo eso se basa en un supuesto fundamentalmente erróneo: que una visión política del mundo puede responder a todas tus necesidades. El liberalismo no fue diseñado para proporcionar satisfacción espiritual. No fue diseñado para proporcionar satisfacción religiosa, filosófica o psicológica. El liberalismo no es una visión totalista del mundo. De hecho, es una visión antitotalista.
Lo que me preocupa no es solo la “tentación totalitaria” de la que hemos escrito, sino la tentación totalista. La gente espera demasiado de los marcos políticos, pone una carga demasiado pesada sobre la política. Durante décadas, liberales y conservadores estuvieron de acuerdo en el principio de los límites de lo político. Ambos bandos entendieron –desde Mill hasta Oakeshott– que no toda la vida es política.
La tentación de absorber toda la vida en la política, o, a la inversa, la insistencia en que tu gobierno exprese y encarne tus creencias, valores, sueños y fantasías más profundos es: a) peligrosa, y b) un examen que el liberalismo siempre va a reprobar. Porque el liberalismo es demasiado sofisticado y sabio como para pretender que una doctrina política puede satisfacer la totalidad de las necesidades y aspiraciones humanas.
No hace falta decir que las frustraciones de la gente con el liberalismo son en parte las frustraciones de quienes quieren respuestas definitivas. Uno de los problemas que tenemos –especialmente en sociedades grotescamente complejas y aceleradas– es que la gente ya no sabe vivir en una situación inconclusa. Es muy difícil vivir con incertidumbre. Es muy difícil depender de distintas fuentes para distintos aspectos del propio ser. La gente quiere “el paquete completo”. Y el liberalismo no te da el paquete, ni lo promete.
Lo que el liberalismo promete son arreglos sociales justos, procesos políticos ordenados y decentes, y una cierta concepción de la dignidad intrínseca de cada ser humano: algo de lo que todo régimen autoritario despoja a sus ciudadanos, lo admita o no. Eso es más o menos todo. El resto debes encontrarlo en tus lugares de culto, en tus museos, en tus dormitorios, en tus escuelas: donde sea que los seres humanos encuentren los significados de la existencia.
Y nada de eso significa que el liberalismo sea superficial o meramente procedimental. Hay muchas caricaturas y calumnias sobre el liberalismo. Todo lo que dice el liberalismo es: aquí no encontrarás todo lo que necesitas. Pero encontrarás una buena posibilidad de justicia, si tienes paciencia. Encontrarás orden político. Encontrarás un sistema que te promete respeto, y el respeto –entendido como emoción política– es algo verdaderamente digno de explorar, porque es muy raro. Hay amor, odio, solidaridad… pero el respeto es infrecuente como virtud política.
Así que sí, comparto el sano desprecio de Mark hacia los antiliberales y posliberales. Les debo comprensión, pero no deferencia. Las doctrinas que predican son paquetes holísticos que ofrecen respuestas a todas las preguntas, y esas respuestas son casi por completo politicorreligiosas. Otra parte del posliberalismo que necesita un análisis muy estricto es esta repentina alianza entre religión y política, la “reteologización” de gobiernos y partidos. A esa gente le digo: si buscas una llave para todos los misterios, el liberalismo te decepcionará. Y también se te opondrá. Porque la política de una sola llave para todos los misterios no solo es filosófica y moralmente inquietante. Al final, la gente muere. Los liberales deben tener eso muy claro.
Ian Buruma: Lamento decir que estoy de acuerdo con todo lo que has dicho, y eso siempre aburre. Incluida la idea de que no necesitamos respetar a los antiliberales. Por otro lado, no creo que la crítica al liberalismo sea necesariamente una apología de los antiliberales, ni una forma de masoquismo. Ich bin ein Isaiah Berliner: creo que la fuerza del liberalismo reside precisamente en su capacidad de autocrítica. Me parece algo válido e incluso necesario. Uno de los problemas en estas discusiones es lingüístico. No hemos definido lo que queremos decir con la palabra liberal. En Europa –especialmente en la Europa continental– la palabra liberal se usa de cierta manera; en Estados Unidos se emplea de manera muy distinta. Me enloquece leer The New York Times y ver a Trump y al movimiento MAGA descritos como “conservadores”. No son conservadores: son revolucionarios radicales. O cuando se describe a los progresistas como liberales en el sentido estadounidense. Hay que aclarar esas cosas.
No creo que exista necesariamente un antagonismo básico entre conservadores en el sentido clásico y liberales. Lo que ocurrió en la historia europea, y en Estados Unidos entre republicanos y demócratas –al menos en ciertos sectores–, es que, por un lado, tenías el liberalismo en el sentido europeo clásico: gente a favor de la economía de laissez-faire, el libre comercio y demás, que a la vez era relativamente liberal en lo social. Luego tenías a los liberales de izquierda, que podrían describirse como una especie de socialdemócratas. Compartían muchas de esas ideas, pero no estaban tan comprometidos con el laissez-faire; estaban influidos por el socialismo, aunque no se definieran como socialistas. Querían suavizar los efectos más duros del laissez-faire y fortalecer los sindicatos e instituciones similares.
Después de la Segunda Guerra Mundial –en realidad, incluso antes– la mayoría de las democracias liberales tenían partidos conservadores clásicos y partidos de centro-izquierda que debatían entre sí, a menudo ferozmente, pero que en última instancia encontraban compromisos que permitían que los países funcionaran. Lo que salió mal, especialmente tras el fin de la Guerra Fría, es que los partidos dejaron de representar los intereses de la clase trabajadora –intereses que buscaban moderar la dureza de la economía de mercado–. Los partidos se alejaron de las preocupaciones de clase hacia cuestiones culturales y sociales relacionadas con sexo, género, raza, etc.
Al mismo tiempo, los conservadores clásicos abrazaron el neoliberalismo. Desde los años noventa los viejos partidos socialdemócratas y los partidos conservadores clásicos alcanzaron un consenso: todos llegaron a creer en el neoliberalismo. Hablemos de Tony Blair o de Bill Clinton –ambos admiradores de Margaret Thatcher–, los dos adoptaron versiones de su agenda. En muchos países europeos, estos partidos se convirtieron en parte del mismo consenso gobernante, y amplios sectores de la población sintieron que sus intereses ya no estaban representados.
La gente de derechas, que temía la inmigración o se preocupaba por la identidad nacional y el orgullo nacional, también estaba insatisfecha. Esto produjo resentimiento hacia lo que llegó a verse como gobiernos de coalición de partidos neoliberales –de derecha y de izquierda por igual– que cuidaban de los intereses de las élites. Este análisis quizá sea injusto, pero así es como se ha percibido. Y esa percepción dejó el campo abierto a demagogos que podían prometer un renovado orgullo nacional, la defensa de “nuestra gente”, detener a los extranjeros que “contaminan nuestra sangre”, proteger a la clase trabajadora honesta…
Esto no es una crítica del liberalismo como idea –estoy totalmente de acuerdo con lo que se ha dicho sobre las virtudes del liberalismo–. Pero sí es una crítica de cómo ha evolucionado la política. Y no estoy seguro de que habría podido evitarse con facilidad. Blair y Clinton vieron claramente que la posición neoliberal era la única manera de ganar elecciones. Una vez en el poder, hicieron muchas cosas buenas. No eran venales ni estúpidos; actuaron de manera sensata, dadas las circunstancias. Pero como sabemos por la historia, incluso las mejores intenciones pueden tener consecuencias inesperadas que luego nos hacen tropezar.
Y ahora estamos viviendo las consecuencias de décadas en las que los programas políticos de los partidos tradicionales quedaron demasiado diluidos para atraer a suficiente gente.
Ivan Krastev: En 1978 Albert Hirschman fue a París. No había estado allí en diez años y quería entender qué había pasado con los revolucionarios del 68. La mayoría se había integrado por completo en la sociedad burguesa contra la que habían luchado. Hirschman escribió un libro, Interés privado y acción pública, en el que hizo una observación pertinente para nuestra discusión: elijas lo que elijas, acabas decepcionado. Así funciona la sociedad.
Te implicas intensamente en la política, y al cabo de una década acabas decepcionado. Te retiras a tu vida privada y diez años después descubres que la política sí está interesada en ti. Menciono esto porque, en mi opinión, una de las paradojas del liberalismo es similar a algo que Daniel Bell dijo sobre el capitalismo: el capitalismo funciona mejor con gente moldeada por el antiguo régimen. Por ejemplo, el ahorrador no es producto del capitalismo; el deudor sí lo es. El capitalismo ha funcionado bastante bien dentro de entornos culturales formados antes del capitalismo, precisamente porque esos entornos preservaban distinciones entre política, cultura y economía: ese es el tema del famoso libro Las contradicciones culturales del capitalismo.
El liberalismo posterior a la Guerra Fría se alimentó de la experiencia política de sociedades iliberales anteriores. Esto es especialmente cierto en Europa oriental. Solo te obsesionas con la libertad de prensa y la libertad de expresión si has vivido en una sociedad donde esas libertades no eran posibles. Subestimamos hasta qué punto el liberalismo occidental también fue moldeado por la naturaleza de sus enemigos. Sin la presión del realismo socialista, el control cultural y la confrontación de la Guerra Fría, dudo que muchos de los productos culturales que se volvieron centrales –el jazz, el arte moderno– habrían sido tan importantes en Estados Unidos.
Luego llegó el fin de la Guerra Fría. Una de las mejores frases escritas sobre el asunto aparece en una novela de John Updike: “¿Qué significa ser estadounidense si no hay Guerra Fría?” Expresaba una crisis de identidad. El temperamento liberal de la posguerra –al menos fuera de Estados Unidos, aunque por supuesto dentro del país también hay una fuerte tradición liberal– fue en parte producto de esa confrontación. Pero ha surgido una nueva generación que da por sentadas muchas de esas experiencias. Para mi generación, cruzar fronteras era una experiencia existencial. Durante décadas, cada vez que cruzaba una frontera en coche, sentía que algo significativo estaba ocurriendo en mi vida. Para la generación de mi hija, es un no acontecimiento. Esa diferencia importa.
Mi argumento principal es que el liberalismo debe ser autocrítico –porque así es como evoluciona–. Pero debemos entender que los éxitos liberales y los fracasos liberales son a menudo la misma cosa vista desde distintos ángulos. El gran éxito de la transición poscomunista fue el paso pacífico de un régimen altamente represivo –Bulgaria tenía un millón de miembros del Partido Comunista en una población de ocho millones en 1989– a un sistema democrático sin violencia.
Treinta años después, la generación más joven pregunta: ¿Por qué fue tan fácil? ¿Cómo se convirtió todo el mundo de repente en demócrata? ¿Cómo pudo la gente reinventarse por completo, desligándose de su pasado político? Otros dicen: Pedíamos justicia y nos dieron Estado de derecho.
Durante la transición, había un miedo profundo a cómo podría reaccionar el Estado comunista. Parte del precio de una transición pacífica fue permitir que las élites comunistas convirtieran una fracción de su poder político en poder económico. Ese fue el coste de evitar la violencia. Pero veinte años........





















Toi Staff
Sabine Sterk
Gideon Levy
Mark Travers Ph.d
Waka Ikeda
Tarik Cyril Amar
Grant Arthur Gochin