Juramentos
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En mi infancia, era común recibir una amonestación de los adultos si jurábamos. “Te lo juro”, decía alguien, y de inmediato llegaba la censura. “No andes jurando. Te va a castigar diosito”. Para esquivar la prohibición, los niños solíamos emplear mal la palabra prometer. “Te prometo que ayer vi a la maestra con tu padre”. También, para evitar el juramento, como en “te lo juro por mi madre”, se acabó apocopando a “por mi madre”, aunque esto nada tiene que ver con “por mi madre, bohemios”, porque esto es un brindis.
Lo cierto es que no había porque temer al verbo jurar, puesto que simplemente se utilizaba como sinónimo de “te lo aseguro”, y no tenía sentido convertir el precepto de no jurarás en no asegurarás.
Era difícil precisar de qué se trataba el segundo mandamiento de no tomarás el nombre de Dios en vano. Cualquiera que fuera su significado, habrá que ver si los españoles lo emplean vanamente cuando dicen: “Me cago en Dios”.
En tiempos remotos, los juramentos eran cosa grave y solemne, pues al realizarlos se invocaba a los dioses para que sirvieran como testigos de lo que se aseguraba o negaba. Cosa ociosa, pues no se tiene noticia de que alguna vez Zeus, Jehová, Amon-ra o Quetzalcóatl hayan descendido para atestiguar. Ante tal silencio, a alguien se le ocurrió que el dios daría su opinión a través de una ordalía; con muchos acusados que acabaron quemados o ahogados porque a la divinidad no siempre le da por torcer las leyes de la física.
Siendo cierto que in vino veritas, el juramento más efectivo ha de ser por Dioniso. Pero si en la relación de pareja se quiere jurar con la mentira, entonces hay una diosa que se pinta sola. El consejo lo da Ovidio. “Y no temas jurar en falso, si engañas a alguno. Venus vuelve sordas a las divinidades en estos juegos eróticos”.
Como de costumbre, acudo al Diccionario de Autoridades, en el que un........
