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Celorio, o el mascarón de proa

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01.04.2026

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La noticia, en noviembre de 2025, de que Gonzalo Edmundo Celorio y Blasco (Ciudad de México, 1948) había ganado el Premio Miguel de Cervantes causó estupor y perplejidad en ambas orillas del Atlántico. En México es conocido por ser un burócrata sin lectores y tan es así que los blurbs con los que Tusquets promociona sus libros, en la cuarta de forros, suelen ser firmados por críticos españoles, acaso más tolerantes con una literatura rancia y anacrónica como la practicada por Celorio.

Algún periodista ocurrente quiso explicar la sorpresa aduciendo que era un autor renuente a lo mediático, lo cual, de ser cierto, sería paradójico pues Celorio ha sido un poderoso funcionario como jefe de la extensión cultural universitaria, durante una década (1989-1998), director de la Facultad de Filosofía y Letras de la propia Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) entre 1998 y 2000, y fugaz director del Fondo de Cultura Económica (FCE) durante dos años. Es, desde 2019, el actual director de la Academia Mexicana de la Lengua.

En cuanto a su breve paso por la dirección del FCE, nombrado por el presidente Vicente Fox en 2000, Celorio arguye, en Ese montón de espejos rotos (2025), que fue despedido por negarse a privatizar la que fuera la gran casa editorial iberoamericana, aunque él mismo reconoce que no fue así, pues su sucesora, Consuelo Sáizar, no solo conservó a la editorial en el Estado mexicano, sino que le dio un ímpetu vigoroso y una notable visibilidad internacional. Es cierto, además, que su intención de abrir una sucursal del FCE en La Habana tropezó con la natural desconfianza de la dictadura, incluso siendo iniciativa de un compañero de viaje como Celorio, y solo hasta 2022 el gobierno de Andrés Manuel López Obrador pudo cumplir el sueño del efímero director del FCE.

En 2002, conocida la debilidad de Celorio por “su” Cuba, algunos nos preguntamos si la presencia del FCE en la isla, fuese a través de una sucursal, una biblioteca simbólica o de la participación en ferias de libros organizadas por el castrismo, garantizaría que el catálogo cubano de la editorial mexicana incluyese obras de autores disidentes. Celorio, en una carta al Reforma, aseguró que así sería.1 No tengo manera de comprobar la veracidad de su dicho, ni tampoco de negar la ingenuidad ecuménica que “nimbaba”, como él diría, su muy personal y conflictiva cubanía.

No es mi propósito, ni mi papel, juzgar al servidor público, al tanto Celorio de que Difusión Cultural de la UNAM, como se lo dijo su predecesor Fernando Curiel, posee un presupuesto “que representa un porcentaje significativo del presupuesto general de la institución”, siendo “superior al que dedicaban a la cultura muchos países latinoamericanos”, ni lo creo capaz de olvidar que “ninguna universidad del mundo, decía el rector José Sarukhán, es a su país lo que la UNAM es a México”.2 A través de todas sus mudanzas administrativas, Celorio se ha hecho acompañar de un “yo plural” del que se ufana reiteradamente, compuesto por amigos suyos, todos escritores de dudosos méritos: él mismo, Sealtiel Alatriste y los finados Hernán Lara Zavala e Ignacio Solares.3

En sus anecdotarios y libros de memorias (que invaden sus novelas como no podía ser de otra manera pues son obras autobiográficas), no desperdicia oportunidad alguna de aparecer retratado junto a todo tipo de celebridades literarias, políticas y mundanas, en toda clase de cónclaves académicos y ferias literarias, velorios incluidos, sin olvidar su boda verificada en la embajada de México en Madrid en 2016.4 Por toda esa exhibición, convertido su andar curricular en un vistoso mascarón de proa que acompaña su obra, no es fácil leerlo con ánimo de justicia.

Y empezar a leerlo, como yo lo hice, por sus ensayos, es francamente desalentador. Llamar “ensayos” a libros como Ensayo de contraconquista (2001), Cánones subversivos (2009) y Esplendor de la lengua española (2016) es un exceso de cortesía. Son lecciones de asignatura brindadas por un profesor empeñoso –magnífico según coinciden sus exalumnos– en iniciar al estudiantado en la doxa de la literatura hispanoamericana.

Hijo y nieto de cubanas, Celorio ha hecho de ese linaje insular (porque el otro, el paterno y peninsular, también lo llena de orgullo, como veremos) su territorio natural de expresión. Tras los recuerdos familiares, que serán materia de Tres lindas cubanas (2006), asume, no sin honestidad, la ambigüedad de su posición ante la dictadura, argumentando a favor y en contra del castrismo, en un juego dialéctico que, iniciando nuestro siglo, ya resultaba cansino.

Pero más allá de la política, asombra que Celorio no tenga nada interesante que decir, a fuer de ser didáctico, sobre Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante o Severo Sarduy (de cuyo “neobarroco” se sirve sin discutirlo), no sin presumir cómo él y Lara Zavala acogieron, en 1993 y en las prensas universitarias mexicanas, a cubanos marginados por el régimen como Senel Paz o un entonces desconocido Leonardo Padura, gesto plausible, qué duda cabe. No le regateo a Celorio su esfuerzo no solo por editar sino por comentar la obra de esos entonces jóvenes escritores cubanos.5

Pero sus lecciones sobre los barrocos del XVII y los del siglo pasado son solo informativas, amén de obvias, como cuando subraya que la diferencia entre unos y otros fue que los antañones “no sabían que eran barrocos y estos vaya que lo saben”.6 Que le haya parecido “un tropiezo primero con la lucidez” la lectura de El deslinde, de Alfonso Reyes, es, en efecto, un tropiezo ayuno de toda lucidez, pues es el peor libro de don Alfonso, como él mismo lo sabía, un manual de tufo porfiriano y positivista. Celorio aprecia ese mamotreto porque lo hizo mudarse de la lectura en pijama al escritorio, armado de lápiz y cuaderno de notas, pérdida de tiempo que expresa su idea –como he dicho– anacrónica, de la literatura, igual a la que tenía, en tanto teórico, Reyes en 1944.

Tras llenar varias páginas de Ensayo de contraconquista con la gratitud que todos debemos a Jorge Luis Borges, Celorio celebra a Julio Cortázar, su santo patrono, de quien lamenta haberlo saludado solo una vez en calidad de funcionario, aunque en otro libro, tras una aventurilla en París, presuma con largueza de haber dormido en alguna de las camas del escritor, gracias al connubio con una profesora del entorno de Ugné Karvelis, su pareja.7

Más allá de las cursilerías propias de los cronopios y los famas o del culto a la Maga (personaje dibujado por el argentino con una misoginia intolerable, según se quejaron conmigo unas alumnas........

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