El precio de que no se perdieran en la calle
En otro tiempo, en el mío, perdernos era parte de nuestro crecimiento, y nos divertíamos. Las caídas eran parte del aprendizaje: rodillas raspadas, poníamos arena en las manos y a seguir jugando. No era perderse en el abandono; era perderse en una calle que parecía infinita, en grupos de amigos donde no siempre se ganaba, en tardes que no estaban planificadas: lo que surgiera.
Hoy noto que la infancia no se pierde, se gestiona, se supervisa. Los niños tienen agendas, pero no tienen territorios; actividades, pero no intemperie. Y todo esto está teniendo un coste emocional, silencioso, pero real.
Se está priorizando la protección absoluta, ese “que no te pase nada”, evitando cualquier herida física o emocional y eliminando muchas oportunidades de aprendizaje.
Hemos convertido la protección en prioridad absoluta. Queremos evitar cualquier herida: física, emocional o social.
La psiquiatra Marian Rojas Estapé ha explicado en múltiples intervenciones que el cerebro necesita pequeñas dosis de estrés manejable para desarrollar resiliencia. El exceso de sobreprotección impide que el sistema nervioso aprenda a regularse frente a la frustración.
Sin una frustración moderada no habrá tolerancia; y, si no tienen tolerancia, cualquier percance o dificultad........
