A vida enteira
Cuando ya no sabía qué hacer consigo misma, empezaba a moverse por toda la casa buscando acomodo para sus huesos y, sobre todo, para su cerebro, tan «para allá», como ella decía. A veces, volvía a sentarse a mi lado y me hacía una seña para que le masajeara la cabeza. Le daba vergüenza pedirlo. En realidad, me limitaba a peinarla con los dedos, y eso la aquietaba. Ahora recuerdo mucho esos momentos. Se quedaba tranquila y en........
