Proteger a la sociedad civil
Abra uno de los perfiles en una red social de cualquier entidad que tenga entre sus objetivos, en una perspectiva general o en alguno de sus aspectos, la protección de los derechos humanos. Comprobará como los comentarios que reciben incorporan un afluente caudaloso de insultos, imprecaciones y amenazas de toda clase. Una verdadera torrentera de odio si el asunto aborda cuestiones como los derechos de las personas migrantes, la diversidad de orientación sexual e identidad de género o la igualdad entre mujeres y hombres. No se libra nadie, tampoco entidades con un perfil político bajo, con imparcialidad acreditada o con una larga trayectoria de servicio a la humanidad. Tampoco se perdona en esta cacería a las asociaciones humanitarias asociadas a confesiones religiosas. Probablemente, entre los dedicados al escarnio y sus allegados se encuentren beneficiarios de las mismas entidades a las que vilipendian.
Pero ahora todo aquello que suene a solidaridad, empatía, compasión, justicia social, organización cívica, cohesión o derechos se enfrenta a una agresividad máxima, incluyendo injurias y calumnias de todo tipo, señalamientos individuales y publicación de imagen y datos personales para alentar la persecución y el acoso, con la mayor impunidad. No digamos ya cuando el contenido lo crean la miríada de charlatanes, conspiranoicos, agitadores y pseudo-medios digitales. Sale rentable monetizar la discordia en redes, dando, de paso, cobertura y aliento al nacional-populismo, que ha........
