Así fue mi ritual de picaduras con hormigas sagradas del Vichada
En el Vichada, a cinco horas de Puerto Inírida en una deslizadora motor 40 se encuentra San Luis de Zama, uno de los puelos del resguardo Selva Matavén, que tiene casi 2 millones de hectáreas en la frontera con los tepuyes venezolanos.
El poblado está a unos veinte minutos por el caño Zama, después de dejar el río Orinoco, en medio de la selva inundable que dibuja el cielo en el agua, como una suerte de espejo.
Al llegar nos reciben sus habitantes, de la etnia piaroa, gente de frente y sonrisa amplias, muy organizada. Todo está puesto en su lugar. No hay un solo paquete en el sitio equivocado y hasta la arena la barren cada semana.
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Tienen la suerte de tener aún a su chamán, su autoridad tradicional en el territorio, que es Mario Álvarez. Fue elegido desde el vientre de su madre, separado de su familia de nacimiento, y sometido a rigurosas dietas sin sal o azúcar, como parte de la preparación para desarrollar una conexión íntima con la naturaleza, de la que se sienten parte, y que le da el poder de intervenirla en un ejercicio que es siempre recíproco. No tiene sucesor pues es difícil lograr que un niño en la actualidad pueda seguir esa misma formación estricta.
Entre las casas de los piaroas, de su escuela, comedores, hamaquero y cancha de fútbol, se erige el Pureido, su gran maloca. Se precian de que es un lugar habitado, ahí hacen sus ceremonias, sus rituales, para propios y visitantes que llegan por su proyecto de turismo medicinal.
“Nuestro gobierno propio es........
