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La mala hija

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22.02.2026

Pedro Martí / La Provincia

De un tiempo acá la novela policíaca en nuestro país vive un auténtico boom. Cienes de ellas con autor hispano, se publican al año junto con algunos miles de extranjeros bien traducidos. Se ha creado un público cada vez más grande con los libros agrupados por motivos comerciales y de marketing, bajo el epígrafe de novela negra, mezclando los distintos tipos que forman la novela policíaca. Así la clásica a lo Agatha Christie hace compañía a la psicológica, a la de suspense o thriller, la de procedimiento, asesinos en serie y demás hierbas. Esta operación de marketing, taparlo todo con la misma manta, no debería causar gran disgusto a los aficionados, estos saben lo que leen diga lo que diga el especialista de marketing de la editorial de turno. El problema no radica ahí sino en la manía copiona de muchos de los autores y autoras nacionales. Así se inventan asesinos en serie cuando este fenómeno criminal es reducido en nuestro país. Desde 1810 con la envenenadora de Málaga hasta la fecha sólo son 34, con tres victimas la mayor de las veces. Frente a los números de Estados Unidos o Inglaterra lo nuestro es anecdótico. Eso sí, tenemos uno sin identificar aunque se supone que era un extranjero que estuvo de paso y asesinó a diez mujeres, pero desde hace años no ha vuelto a actuar, que se sepa. Quiero decir que no abundan tanto estos siniestros seres como para que gran parte de la novela criminal local se cebe en ellos.

Otro defecto que encuentro en la mayor parte de estas novelas, más allá de lo plano que suele ser el lenguaje en el que están escritas, es la manía de presentar a los héroes y heroínas, sean guardias civiles, ertzainas, mossos o policías nacionales, como seres traumatizados por su infancia o su adolescencia, dados a la bebida y con graves trastornos psicológicos, lo que nos hace dudar sobre la eficacia de los controles que los cuerpos de seguridad llevan a cabo para garantizar la estabilidad emocional de sus componentes. Este cliché del investigador o

investigadora torturado por el recuerdo de alguien querido que no pudo salvar, o una muerte violenta de la que se siente responsable de una forma u otra, cosa que los culpabiliza, se junta con el asunto de los excesos alcohólicos en muchos de ellos; eso sí, casi todos tienen un superior jerárquico que vela por ellos, casi rozando el nepotismo. Quizás los autores crean que construyen personajes atractivos al lector pero en realidad se limitan a crear clones de unos protagonistas a otros que, salvo alguna característica especial, tienden a parecerse unos a otros como hermanos gemelos e idiotizados. Si García Pavón levantara la cabeza, corría a golpes de sable de su Plinio a estas gentes.

Pero no todo es tan desalentador, Luis Roso, Guillermo Galván, Pascual Martínez, Ignacio del Valle, José Luis Correa o Alexis Ravelo, han publicado rompiendo estos moldes repetidos, creando auténticas novelas policíacas, casi todas de procedimiento, y alguna negra, como Correa o Ravelo. A este grupo se suma ahora Pedro Martí, que con su tercera novela, La mala hija, logra una obra redonda, pese a que también tenga como protagonista a una capitán de la guardia civil traumatizada. Pero ese trauma que surge repetidas vece a lo largo de la novela, no incomoda como en otras obras, al contrario, sirve para marcar el ritmo de la narración y explicar el porqué de alguno de los arranques de la heroína, Alma Ortega. Martí ha escrito una muy buena novela de las de procedimiento; aquellas en las que se describe una investigación de la forma más real posible, huyendo de sorpresas, misteriosos venenos y otros trucos rechazados por cualquier buen novelista criminal como decían Chesterton o Agatha Christie, aunque ellos mismos, sobre todo la escritora, recurrieran a algún truco sorpresivo.

La novela procedimental, que en Europa fue lanzada por Simenón con su genial Maigret, se desarrolló plenamente en Estados Unidos, sobre todo por el impulso creador de Ed McBain y su serie sobre el distrito 87 que daría pie a la famosa serie Canción triste de Hill Street, procura siempre atender a dos extremos, seguir la investigación de un crimen paso a paso con lo que implica seguimiento de pistas, falsos culpables, detenciones erradas, etc… con la mayor veracidad posible, investigadores creíbles sin excentricidades o poderes especiales que les hagan descubrir el culpable, sino personas metódicas que reúnen las piezas del problema poco a poco, de una en una, hasta armar un puzle que les permite señalar un culpable. El otro extremo de estas novelas es la construcción de espacios con una atmosfera determinada, única, que impregna toda la acción y que termina siendo, en parte, responsable del crimen y hasta de su resolución. En este caso se trata de la población de Almansa, definida como un pueblo grande o una ciudad pequeña y en la que la capitán Ortega sigue siendo la hija de Tere la de la mercería. Pese a ello, la protagonista se siente desvinculada del mundo cerrado y hasta opresivo del lugar, hace mucho que se fue a Madrid y su vida ha tomado derroteros que la hacen extraña en su ciudad natal. Martí recrea esa atmosfera de pueblo en la que todos «los que cuentan» se conocen o saben quién es quién, quedando el resto de la gente como figurantes o servidores. La desindustrialización, el paro subsiguiente y la pérdida de horizontes para el segmento más joven y vulnerable de la población, son retratados de manera acertada y precisa, incorporándolas al relato sin que mengüen ni por un instante el ritmo necesario en toda obra policíaca. Este es otro de los méritos como narrador de Pedro Martí.

Piglia y otros han insistido en la soledad del detective, su carencia de lazos familiares, su limitación en la amistad. Sin embargo, la novela de procedimiento suele negar ese aserto. Normalmente el detective, en estos casos, pertenece a una organización, aquí es la guardia civil, y no está solo en su investigación. Lo apoyan compañeros y toda la parafernalia de la policía científica. La manera en la que el autor ha incorporado estos elementos a su narración es digna de tenerse en cuenta, en absoluto impostada o forzada. La Mala Hija es así una muy buena novela criminal y como tal debemos leerla, aunque como toda buena novela encierre capas sobre la corrupción de nuestra sociedad que nos la hacen muy cercana. Baste citar los ambientes y el negocio de la pederastia que nos cuenta, y como nos rememora el caso de las lobas, el reciente de catorce menores inmigrantes explotados sexualmente, etc. Esas capas las irán descubriendo ustedes a medida que avancen en la lectura.

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