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El precio de movernos

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15.03.2026

En una ciudad como Manizales, donde cada subida se siente en las piernas y en los pulmones, recorrer 21 kilómetros no es un simple trayecto, puede ser un desafío. Así que, imaginemos tres personas saliendo al mismo tiempo. Una camina, otra va en bicicleta y la tercera conduce un automóvil. La pregunta parece obvia, ¿quién gasta más energía?, ¿quién llega primero? y ¿quién es realmente más eficiente? Empecemos por la energía. Caminar 21 km implica un gasto considerable de calorías. Dependiendo del peso y el ritmo, una persona puede quemar entre 1.000 y 1.500 kilocalorías. La bicicleta, en la misma distancia, puede requerir menos de la mitad de ese esfuerzo. El pedaleo convierte mejor cada caloría en movimiento. Y luego está el automóvil. No hablamos ya de calorías humanas sino de gasolina. Un vehículo promedio puede consumir varios litros para recorrer esa distancia, lo que equivale a decenas de miles de kilocalorías en energía fósil. Si la pregunta es quién consume más energía por km, el automóvil gana, y por mucho. La segunda pregunta es más práctica, ¿quién llega primero? En condiciones normales, el automóvil. Tiene potencia, techo y asiento. Luego la bicicleta, que en distancias urbanas suele ser más competitiva de lo que creemos. Y de tercero, el peatón. Pero esta clasificación tiene trampa. En horas pico, navegando el tráfico, buscando parqueadero, el automóvil empieza a perder parte de su ventaja. La bicicleta, en trayectos urbanos congestionados, puede acortar distancias en tiempo real. No siempre gana, pero tampoco siempre pierde. La tercera pregunta es la más interesante, ¿quién es el más eficiente? Si eficiencia significa recorrer más distancia con menos energía, la bicicleta ocupa el primer lugar. Convierte el esfuerzo humano en movimiento con una eficacia extraordinaria. Luego el peatón. Y en último lugar, el automóvil, que necesita una enorme cantidad de energía para mover una máquina de más de una tonelada cuyo propósito final es transportar, en la mayoría de los casos, a una sola persona. Sin embargo, el combustible es solo una parte de la cuenta. El automóvil no solo consume gasolina, consume tiempo. Tiempo de trabajo para pagarlo, para asegurarlo, para mantenerlo. Cuando sumamos esas horas, la velocidad real del carro se reduce. Ya no es solo cuántos km/h alcanza, sino cuántas horas de vida se invierten para poder usarlo. Nada de esto ocurrió por accidente. Ciudades de todo el mundo fueron rediseñadas para priorizar el automóvil. No fue una consecuencia inevitable del progreso; fue una decisión de diseño. Se ampliaron avenidas, se redujeron aceras, se desplazó al peatón y a la bicicleta a los márgenes. El resultado es visible con más tráfico, más contaminación y más espacio para los coches que para las personas. Hoy hay quienes usan el automóvil incluso para ir a la tienda de la esquina. Cada viaje parece pequeño, pero cada uno tiene un precio. No aparece completo en el tablero ni en el recibo de gasolina. Se reparte en emisiones, en enfermedades respiratorias, en infraestructura costosa, en el aire que todos compartimos. La forma en que nos movemos es una decisión cotidiana con efectos colectivos. La pregunta ya no es solo quién llega primero, sino cuánto nos está costando llegar así.


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