El Nobel que rompió el guión: poder, paz y la reescritura del orden liberal, por Antonio de la Cruz
Por décadas, el Premio Nobel de la Paz ha funcionado menos como un reconocimiento histórico que como un mecanismo de autovalidación del orden liberal internacional. Ha premiado procesos, intenciones, diálogos interminables y equilibrios morales cuidadosamente calibrados. Rara vez ha premiado resultados. Mucho menos decisiones disruptivas.
Por eso, la entrega de la Medalla del Nobel de la Paz a Donald Trump —realizada por María Corina Machado en nombre de la Venezuela democrática— no puede leerse como un episodio ceremonial. Es, más bien, un acto de ruptura histórica que obliga a replantear qué entendemos por paz, legitimidad y poder en el siglo XXI.
Como en los grandes momentos de inflexión que estudia la historia —1789, 1919, 1945, 1989— el gesto no adquiere sentido por la unanimidad que genera, sino por la disonancia que provoca.
La paz como resultado, no como intención
El liberalismo institucional contemporáneo redefinió la paz como ausencia de conflicto visible. Bajo esa lógica, intervenir —aunque sea para desmantelar un sistema criminal— se volvió moralmente sospechoso. El resultado fue una paradoja histórica: regímenes violentos aprendieron a sobrevivir no derrotando a sus adversarios, sino convirtiéndose en problemas demasiado incómodos para resolver.
Venezuela fue el ejemplo más acabado de ese fenómeno. Durante más de dos décadas, el chavismo mutó de proyecto político a estructura criminal de Estado, sin que la comunidad internacional encontrara el lenguaje —ni la voluntad— para nombrarlo como tal. Hubo informes, misiones, mesas de diálogo y sanciones selectivas. No hubo ruptura.
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